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Una
manifestación popular de nuestros tiempos.
Larrarín,
el pulso que asombró a Europa:
Desde
Santiago de Chile, a propósito de un proyecto que rescata una expresión
de la gráfica popular.
Una
de las vertientes de nuestra iconografía, si es posible hablar
de «patrimonio gráfico», la constituye un mundo de
formas y colores, signos y símbolos que circula, nace y muere en
forma espontánea en las calles y barrios populares de nuestras
ciudades. En oposición a lo culto, podemos hablar de una gráfica
popular.
En nuestro campo del diseño recién estamos entendiendo que
el design profesional, esta joven profesión de comienzos del siglo
XX, que tuvo que inventar «todo de nada», es necesariamente
reductiva y no abarca, más bien deja afuera, muchas de las manifestaciones
de la amplia y diversa cultura gráfica de un pueblo.
Como muestra de «este otro diseño» podemos nombrar
piezas como la gráfica ligada al circo, ferias o restas nacionales
y religiosas, la graficación de valores, billetes, monedas y sellos,
los símbolos patrios, los escudos y emblemas de ciudades y pueblos,
los galvanos, timbres y condecoraciones, la pintura y colores de la arquitectura
popular o de los carretones con caballo.
Tengamos
en cuenta, en líneas generales, que no existe buena predisposición
a considerar estas muestras como parte del diseño, las manifestaciones
editoriales o los diseños de imagen, es decir, las llamadas marcas
registradas, surgidas antes de que se instaurara el design en las universidades;
al menos, esto sucede en Chile.
Entre esta gran diversidad de manifestaciones visuales nos ocuparemos
de la gráfica que se recoge en la calle, la de los antiguos boletos
de «micros», las coloridas pinturas de números de calles,
los letreros de garages o carnicerías de pueblo que vinieron a
reemplazar al producto en venta que desde siempre se desplegó en
las veredas. Es el «otro diseño», bárbaro e
incivilizado, relegado a la periferia y al consumo de grupos populares,
expresión de «la otra cultura», la gráfica popular
desde nuestra condición de latinoamericanos nos enfrenta a la siempre
actual controversia entre la cultura oficial y la cultura popular. Entre
lo establecido, la norma, y las reales prácticas espontáneas
que prevalecen.

También
nos enfrenta a la pregunta, que nos hacen jóvenes diseñadores,
de por qué el diseño en nuestros países sólo
se ha desarrollado teniendo como norte el Norte, es decir, el design internacional
con sus cánones y apóstoles, y que no tiene una impronta
de identidad propia para nosotros.
El
problema de dilucidar qué es «lo propio» ha sido desde
siempre difícil para nosotros. Ya en 1817 lo decía Bolívar
en el Discurso de Angostura:
«Nosotros ni conservamos vestigios de lo que fue en otro tiempo:
no somos europeos, ni somos indios, sino una especie media entre los aborígenes
y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos,
nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos
de posesión, y mantenernos en el país que nos vio nacer,
contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es
el más extraordinario y complicado».
Lo que nos pasó, todos lo sabemos. Lo culto e ilustrado era y venía
de Europa, donde se dictaban las normas. Sobre el tema circula en nuestro
medio una anécdota muy ilustrativa: un chileno adinerado -una especie
de millonario que aparece en nuestro país como producto del auge
de la minería en la segunda mitad del siglo XIX- viaja a París
durante la construcción de su mansión en Santiago; cuando
ve las tendencias de lo que «se llevaba», manda urgente el
siguiente telegrama a Santiago: «Detengan
la obra. Stop. Boten todo. Stop. Ya no se usa... la moda cambió».
Con el tiempo fueron otros los centros, como los Estados Unidos, los que
instauraron sus modelos y su cultura en nuestros países llamados
periféricos.
Por el contrario, la gráfica popular no observa ninguna regla,
no realiza ni le preocupa ninguna teoría ni pretende tener ningún
discurso; es una gráfica que toma prestado y se apropia con desparpajo
de cualquier manifestación «novedosa» que circule por
ahí, desde las muy recurridas y ya establecidas geometrías
del art déco {modernismo}, los colores del pop, un efecto del arte
cinético o computacional, los cómics estadounidenses o japoneses,
o la gráfica de los ídolos o mascotas de turno. Quizá
su persistencia y riqueza se deban a esa capacidad de estar continuamente
reinventándose en esta argamasa.
La
gráfica popular, expresión de la cultura no oficial, es
esencialmente anónima y espontánea, se realiza en la calle
y de ahí recoge en forma ecléctica y natural el chiste,
la chispa y la sabiduría popular.
En Chile, la que encontramos en las calles, en paredes, letreros, vidrieras
y autobuses, se realiza con medios elementales, básicamente con
pintura y pincel; es obra de creadores anónimos -letristas, pintores,
ilustradores- cuyos logros y estilos pasan de mano en mano, depurados
por el tiempo y la técnica. Son dibujos a veces bastante torpes,
que cautivan por su ingenuidad y sus inusuales coloridos y que tienen
el mérito de ser graficaciones directas y eficientes de una abstracción
esencial. Así tenemos una gran variedad de representaciones de
la cordillera de los Andes, de cóndores, huemules y copihues (símbolos
patrios), así como diversas calidades en la típica ilustración
de completos (salchichas con agregados), las cabezas de vacunos vistas
de frente o de perfil o el característico colorido de las sandías.
Tampoco
la tipografía reproduce fielmente el original. Son de uso habitual
en pizarras comerciales de productos y precios las caligrafías
de «buena mano» de calidades diferentes. En letreros comerciales
y micros se instalaron rudas egipcias con grandes serifas cuadradas y
filetes variados, ornamentos y sombreados.
Son
populares también las tipografías sanserif grotescas de
fines del siglo XIX; dentro de ellas distinguimos Franklin Gothic -o algo
semejante-, usada siempre en mayúsculas y en variados niveles de
condensación.
En ámbitos más institucionales se destaca el uso masivo
de manuscritas góticas; quizá podemos hablar de la gótica
chilena, muy germana e ilegible, usada en la mayoría de los banderines
deportivos de escuelas e instituciones, e infaltable en todo diploma.
Es así como podemos decir que tenemos nuestro propio pop circulando
con total autonomía en nuestras ciudades. Será importante
tener en cuenta que el pop ya ha sido legitimado por Warhol en Nueva York.
Sin embargo, no ha sido una práctica frecuente en el diseño
gráfico nacional el integrar estas manifestaciones. En cambio,
es un tema para obras actuales de teatro y música, que al rescatar
fuentes y expresiones populares autóctonas han logrado una fructífera
fuente creativa, produciendo interesantes obras que amalgaman la vertiente
popular también llamada «guachaca» en una estética
propia. Descontando a la literatura que lo ha hecho desde siempre, donde
autores como Nicanor Parra «instalan» su lenguaje en una
aguda y ocurrente recreación de lo popular, por no nombrar a nuestros
consagrados premios Nóbel: Mistral y Neruda.
Poder
reconciliarnos con nuestra cultura es entender que la creación
de lo nuevo -lo moderno- está inevitablemente ligada a lo que fue
y a las múltiples expresiones que acompañan el progreso,
y no es sólo una oposición que todo lo borra.
En palabras de un estudioso del tema, (el reconocimiento de nuestra identidad
y el conocimiento de nuestro pasado pasa por reconocer que éste
está constituido por una diversidad en la cual también se
amalgaman todas las modernidades que han irrumpido, desde afuera, en nuestra
sociedad, que han sido semi integradas, deformadas y transformadas sumándose
a esta identidad).
Tomar conciencia de esta realidad genera vínculos de pertenencia
y se materializa en un sentido de identidad que, frente a la avasalladora
irrupción de lo ajeno, pareciera muchas veces hacernos falta.
En
el campo del diseño gráfico hubo proyectos académicos
de rescate tipográfico como el que se ilustra en este artículo,
y otros de jóvenes profesionales formados en el rigor del design
(véase www.tipografia.cl),
los que sin prejuicios ni complejos redescubren su ciudad, y en ella lo
popular. Son diseñadores que están creando a partir de lo
propio, sin avergonzarse ni ensimismarse en la queja o en la búsqueda
obsesiva de la identidad.
No cabe duda de que al rescatar estas expresiones, como una importante
fuente iconográfica, nos conectamos con un universo de significados
muy extendido socialmente y que, por lo tanto, abre nuevos caminos para
la comunicación social.
También pone en cuestión el tema tecnológico, en
el que constatamos cómo, con la autoedición, los diseñadores
hemos vuelto a ser protagonistas y responsables de controlar el proceso
total, como lo hizo un antiguo impresor renacentista, o el mismo Morris,
quienes realizaban desde la edición, el dibujo y grabado de tipos,
y la fabricación del papel, hasta la impresión final de
un libro.

Este
tipo de proyectos instalan en la modernidad -en un software gratuito de
tipografías y clips de imágenes- expresiones marginales
y perecederas. Al rescatar, reivindicar y poner en el mundo expresiones
tan locales, les dan una nueva e inesperada vida y reúnen formas,
con capacidad de influencia, que circulan de manera globalizada.
Este tipo de acciones de diseño posibilita el vaticinio de que
las nuevas tecnologías permitirían la comunicación
entre las personas de todas partes del mundo. Estos nuevos espacios que
se abren son una oportunidad para decir y mostrar -siempre que se tenga
algo que aportar y mostrar-, y no seguir en la copia o mala copia de lo
que creemos está de moda en París. Aunque siempre nos queda
la opción de hacer como un singular y valioso pintor de letras
de nuestro país, quien firmaba sus creaciones como «Larraín,
el pulso que asombró a Europa».
Este artículo se realizó a partir del trabajo de investigación.
Stgo. Tipografía y Gráfica Popular Chilena.
Texto extraído de Tipográfica nº 48,
autor: Pepa Foncea,
Diseñadora gráfica chilena, especializada en el diseño
de libros.
Fue docente en varias universidades y actualmente es directora de la
carrera en la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales.
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