El principio de coherencia
El concepto de coherencia presenta al menos dos facetas de interés para la lógica visual.
- La primera de ellas se refiere al aspecto coherente como el mundo se presenta ante nuestros sentidos, al menos en los estados normales de nuestra vida.
- La segunda a la manera de crear imágenes, haciendo uso de criterios estilísticos y formales que obedecen a razones profundas, aunque en ocasiones estas razones no resultan evidentes ni para los propios artistas.
En este artículo se tratará de poner de manifiesto la conexión existente entre ambas facetas y de sacar conclusiones útiles para la creación y el diseño desde un punto de vista práctico, destacando cómo y sobre qué bases funciona el principio lógico de coherencia aplicado a la creatividad visual.
En este artículo trataremos de los siguientes temas:
- El principio de analogía y sus funciones
- La ley de semejanza
- La ley de expectativas satisfechas
- El principio de diversidad y sus funciones
- El papel de la cultura en la coherencia de estilos
- 10 ejemplos característicos de los conceptos explicados
- Bibliografía.
El principio de analogía y sus funciones:
El concepto de coherencia se basa, fundamentalmente, en la noción de analogía.
Podemos definir la analogía como una idea de igualdad que presenta diversos grados de exactitud. Es una noción básica sin la cual no podríamos establecer el menor conocimiento del mundo, al menos en el sentido que para los humanos tiene el verbo conocer. Según esto, el principio de analogía es, probablemente, el pilar básico de nuestra percepción visual y de nuestras construcciones mentales.
Imaginar un mundo sin analogía es lanzarse al laberinto de lo absolutamente indiferenciado, en el que todo es distinto a todo y no existen ni pueden existir patrones comparativos o normas. Es decir, un mundo incoherente.
El principio de analogía nos permite determinar grupos de pertenencia, identificaciones individuales, desarrollar comparaciones cuantitativas o cualitativas, y todo ello con diversos grados de exactitud o aceptación.
El principio de analogía, pues, es flexible, abierto y atento a las situaciones concretas en las que funciona o se presenta.
Como organizador de la percepción visual aparece en los niveles más bajos de conocimiento: un niño de pocos minutos de vida usa de manera innata el principio de analogía para distinguir los rasgos básicos de los rostros humanos, como demostraron las investigaciones de Mark Johnson y otros con "rostros" como los reproducidos en la siguiente figura:

En otro plano perceptivo, la analogía actúa como organizador del campo visual y de la forma percibida, tanto a través del significado de lo que vemos como de su forma. Puede apreciarse en la estructura lineal que la analogía formal impone a la siguiente imagen:

Ley de semejanza:
Parece evidente, pues, que la idea de analogía se esconde detrás de numerosos juicios y razonamientos de nuestra vida cotidiana o de las operaciones más elementales de nuestro cerebro y que es un elemento muy preciso de creación de coherencia.
En el plano de la lógica de lo visual, la analogía se presenta de manera evidente y sin que puedan darse, en muchas ocasiones, razones para evitarla o fomentarla: las cosas se parecen entre sí, y su parecido salta a nuestros ojos, sin que el juicio pueda ejercer presión alguna sobre el sentido de la vista.
En su Tratado de la Pintura, Leonardo da Vinci ya habló del parecido entre algunas manchas de humedad o mezclas de piedras y paisajes o rostros fantásticos. Incluso recomendó que los jóvenes pintores se ejercitaran desarrollando con ellos su imaginación.
Existe, pues, una ley de semejanza que se manifiesta con rotundidad lógica en nuestra visión: lo semejante atrae a lo semejante; las cosas que se parecen entran en contacto o relación visual mutua, aunque exista una amplia separación espacial o temporal entre ellas.
Esta ley de semejanza da coherencia a nuestro mundo perceptivo y lo organiza.
La ley de expectativas satisfechas:
Como es sabido, cuando se producen expectativas repetidas que se cumplen a lo largo de periodos de tiempo, aparece una noción de semejanza que se expande sobre todas estas experiencias. Esta noción analógica da soporte a la conocida ley de expectativas satisfechas: cuando un acto tiene consecuencias positivas se refuerza y tiende a repetirse.
En el diseño interactivo, por ejemplo, esta ley de expectativas satisfechas atañe a las circunstancias del acto que se realice, como pulsar el ratón en un punto, a la forma de realizarlo y al significado de las consecuencias del hecho.
El resultado de esta ordenación de las acciones y de las circunstancias en que se dan, genera coherencia formal y coherencia funcional, dos factores que deben aparecer con claridad en todo diseño interactivo que pretenda funcionar adecuadamente.
- Por coherencia formal se entiende que los mismos elementos o clases de elementos ocupen lugares predecibles en la estructura del diseño, permitiendo que la lógica visual del usuario lo aprecie a medida que se introduce en la interacción.
- Por coherencia funcional debe entenderse que los mismos elementos o clases de elementos realicen siempre las mismas operaciones o clases de operaciones, de manera que la conducta de la interacción obedezca a expectativas lógicas e intuitivas para el usuario.
Sin ambas coherencias, la interacción terminará por complicarnos la vida.
El principio de diversidad y sus funciones:
La diversidad es una manifestación de la riqueza del mundo y la naturaleza. En las pruebas para la medición de la creatividad en las personas, se denomina "riqueza" a la capacidad para aportar soluciones numerosas y distintas entre sí a problemas concretos; es decir, a la capacidad de producir diversidad.
En sentido absoluto, diversidad y analogía forman una entidad dialéctica y se generan mutuamente. Es imposible hallar analogía si no existe diversidad ni diversidad si no existe analogía. Un caos incoherente e inclasificable no es diverso, es amorfo. El propio concepto de "forma" es una manifestación de la polaridad existente entre analogía y diversidad.
Lo diverso representa también aquello que escapa a un entorno dado y, por consiguiente, debe ser puerto bajo control o entendido de alguna manera.
Así pues, la diversidad puede ser considerada tanto como un ataque frontal a la coherencia o como una aportación a la misma. Se trata, pues, de un problema de equilibrio que ha de solucionar todo creador de imágenes. Evitar la homogeneidad sin caer en lo disperso; generar contraste sin eliminar los detalles; producir riqueza gráfica y funcional sin que la estructura adquiera el aspecto de un laberinto incoherente.
Asumir el principio de diversidad, pues, es un reto. Pero sólo a través de este reto han podido crearse los grandes estilos artísticos a lo largo de la historia.
El papel de la cultura en la coherencia de estilos:
En uno de sus textos sobre la originalidad, Fernando Pessoa escribió que "en todo poeta debe haber algo que permita descubrir que ha existido Homero".
Una afirmación de este tipo se presta al menos a dos interpretaciones:
- La primera de ellas trata sobre la idea de originalidad. En su texto el poeta portugués argumenta que la originalidad es siempre limitada, ya que es imposible partir de cero; querámoslo o no, toda invención se basa en hechos preexistentes.
- La segunda se refiere al concepto de la cultura como sucesión ininterrumpida de códigos y aprendizajes.
Ambas ponen de manifiesto que la coherencia es una idea tan fuertemente anclada en la cultura, que sin nutrirnos de ésta es posible que no seamos capaces de apreciarla. De aquí que en términos generales entendamos mal ( e incluso al revés ) muchos de los estilos de otras culturas que han llegado hasta nosotros, o que en el devenir histórico de occidente se hayan producido periodos polarizados de absoluta incomprensión acerca de estilos de otras épocas.
Dependiendo del punto de vista del observador, una misma obra ha sido admirada por su coherencia, riqueza y adecuación, o tachada de incoherente, pobre e inadecuada. Y aunque el siglo XX ha terminado construyendo el más alto templo a la idea del "todo vale", lo cierto es que los criterios de coherencia existentes, sobre todo en la plástica, son hoy en día muy difíciles de armonizar.
Nueve ejemplos característicos:
1. Coherencia perceptiva.
Necesitamos vivir en un mundo coherente. Una de las principales misiones de nuestro cerebro es ordenar todo los datos que recibe del entorno, de manera que tengan sentido. En su "obsesión" por hacer que las cosas "cuadren", es frecuente que cometa errores de apreciación; es decir, que pase por alto pequeños detalles que no encajan en la estructura general que propone como solución.
Tal es el caso del pequeño rompecabezas de la ilustración que comentamos. La perspectiva del dibujo permite cometer serias incoherencias que el cerebro salta para que la tercera dimensión sea coherente con el plano del dibujo. En realidad, tal coherencia, no existe, puesto que se trata de una imagen imposible.
2. Coherencia funcional:

En términos generales puede decirse que todo aquello construido por el hombre ha sido hecho por un motivo o para cubrir una cierta necesidad. Es lo que llamamos función, uno de los principales condicionantes de la forma de los objetos.
Para poder cumplir su función, es frecuente que las cosas tengan que tener una forma determinada, o una entre un conjunto limitado de posibilidades. Diseñar un objeto que cumpla una función es, siempre, superar un reto. De ahí que los objetos tradicionales, ideados con mucho esfuerzo para cumplir funciones muy concretas, suelan poseer estructuras formales de gran coherencia y rigor. Como los barcos vikingos, que a pesar de su reducido tamaño permitieron a los hombres del norte navegar todos los mares conocidos, en expediciones que podían durar varios años.
3. Coherencia en la proporción:

Se denomina proporción a la relación existente entre dos cosas, y también al conjunto de relaciones proporcionales que afectan a una obra. Es decir, la relación entre las partes que la constituyen y entre las partes y el todo.
La proporción, como la masa o la superficie, es una magnitud visual, y puede apreciarse sin necesidad de cálculos o medidas: a simple vista. Algunas proporciones gustan y otras disgustan, según qué contextos, sin que podamos definir la causa con claridad.
Antes de dar el primer golpe con el cincel, o de plasmar la primera pincelada, o de dibujar la primera línea del proyecto, muchos artistas toman numerosas medidas para definir las partes más representativas de sus obras, construyendo una especie de esqueleto invisible para su creación, basado en las proporciones que más les satisfacen. Un esqueleto que da unidad y coherencia a todo lo construido después sobre él, y que el ojo será capaz de descubrir bajo la forma del encanto y de la armonía.
La imagen muestra el "esqueleto invisible" de la catedral de Nidaros. Un complejo entramado geométrico en el que se conjugan las proporciones básicas del cuadrado, del círculo y del pentágono, con varias de sus descomposiciones.
4. Coherencia de estilo:

Los estilos artísticos son producto de situaciones culturales que cambian con el tiempo. Buscan la expresión, la originalidad, la reacción frente a situaciones que no gustan o el desarrollo de formas nuevas. Se trata, pues, de un sentido de la coherencia del que fácilmente podemos perder la pista.
Las bellas ilustraciones que realizó Burne - Jones para los libros editados por William Morris, por ejemplo, recogen muchos aspectos de la estética medieval, combinados con un sentido más moderno y manierista de la forma, propio de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Algunos críticos vieron en ello una mezcla algo incoherente y arcaizante. Para otros, reflejó un rechazo coherente a la pretendida racionalidad de una industrialización fero.
5. Repeticiones y diferencias:
 
Dos cosas iguales, casi por definición, son coherentes entre sí. De ahí que la repetición sea uno de los recursos básicos para dar coherencia a una obra, aunque se corra el riego de aburrir. Existe repetición en las columnas de un templo dórico y en los temas musicales de una sinfonía, por no hablar de las canciones del verano que repiten doscientas veces la misma estrofa.
La repetición puede convertirse en variación, que es otra manera de crear diversidad sin perder coherencia y sin caer en el aburrimiento. La variación también se da en música, en arquitectura y en artes decorativas. Las tres pequeñas tallas de flores reproducidas en la ilustración son un ejemplo de variación formal, respetando el mismo sentido de la estructura.
En diseño gráfico, el juego de la repetición y de la variación es muy usado para dar unidad a colecciones que vayan a estar formadas por muchas productos independientes. Los elementos repetidos actúan como identificadores, mientras los elementos variados sirven para diferenciar cada uno de los productos que forman la colección. En diseño editorial, es fácil encontrar decenas de colecciones que funcionan mediante esta lógica.
6. Coherencia modular:

En varias artes y profesiones suele denominarse módulo a una entidad estructural que se repite. Se usan módulos para maquetar la página de un periódico o para cerrar la fachada de un edificio.
Al tener un sentido estructural, es decir, íntimo con la forma, los módulos dan coherencia a las obras, aunque fácilmente pueden caer en la mera repetición o en el aburrimiento, cuando son tratados de manera prosaica y poco creativa. Entonces se convierten en formas que se repiten de manera tan insistente, que terminan por ahogar la propia estructura que pretendían construir.
El famoso edificio de la Ópera de Sydney, obra del arquitecto Jorn Utzon, es un buen ejemplo de buen uso de espacios modulares, combinados de tal forma que crean en la arquitectura un ritmo casi musical.
7. Coherencia en el detalle:

La tipografía es una de las artes más sutiles que existen. Heredamos la forma de nuestras letras de los fenicios, griegos y romanos; lo cual quiere decir que gozan de miles de años de tradición ininterrumpida. Y se trata de formas muy claras, que deben diferenciarse perfectamente entre sí para ser legibles y cumplir su función comunicativa.
A pesar de ello, existen miles de diseños tipográficos, con cientos de variantes entre ellos, ordenados adecuadamente en alfabetos y signos convencionales que gozan de perfecta unidad y coherencia. Es un juego maravillo en el que se funden tradición, función y renovación.
Para dar coherencia a cada diseño tipográfico es necesario cuidar al máximo los detalles, ya que el detalle de la letra de un libro puede tener, sólo, unas décimas de milímetro. Y el detalle es todo en tipografía, al menos para quien la sabe mirar.
El diseño reproducido más arriba, obra de Neville Brody en 1984, juega con patrones geométricos muy estirados, dentro de los que se conjugan formas cuadradas con ángulos redondeados. El conjunto da, de esta manera, una gran sensación de coherencia, aunque se permite ciertas licencias para mejorar la legibilidad de algunas letras, como la "K", que es la única que termina en remates redondeados, o la "I", el único rasgo vertical cuya base es curva.
8. Coherencia rítmica:

Otra de las sutilezas del arte tipográfico es la que atañe a las agrupaciones de letras en palabras, líneas, bloques y páginas.
Para el buen tipógrafo, una palabra o una línea de texto no son nunca una mera reunión de signos alfabéticos. Son parte de un trazado gráfico que debe "sonar" adecuadamente para que la lectura se realice sin errores ni dificultades y para que la belleza reine sobre la página impresa o el monitor.
Un buen ritmo da siempre coherencia a una obra de arte o a una obra gráfica. Lo sentimos en el movimiento arquitectónico de los grandes edificios o en las formas pictóricas de una obra maestra.
En tipografía, con frecuencia, el ritmo se manifiesta en el sutil sucederse de los trazos al formar las palabras, así como en las distancias que las separan. La ilustración anterior trata de poner de manifiesto el juego formal que se produce entre los rasgos y sus espacios correspondientes; algo así como el ritmo musical, que conjuga el sonido con el silencio, de manera que están inseparablemente compenetrados.
9. Coherencia en el mestizaje:

Vistas desde una perspectiva histórica, todas las culturas son hijas del mestizaje. Y este es un hecho que posee numerosos aspectos visuales.
Mestizaje, en principio, es mezclar elementos que provienen de tradiciones o culturas distintas. Esto, por sí mismo, es capaz de provocar el rechazo en algunas mentes, que ni distinguen que ellos mismos son fruto de mezclas anteriores, ni que esas nuevas mezclas generarán, a su vez, nuevas tradiciones.
Iniciar un nuevo mestizaje es, siempre, fruto de la creatividad, ya que supone la capacidad de apreciar las posibles relaciones existentes entre elementos de origen dispar. Pero no todo el mundo será capaz, en principio, de percibir esta coherencia escondida. Para ello, hace falta tiempo y costumbre.
De igual manera, cuando miramos al pasado, es posible analizar los elementos mediante los cuales se han construido las obras de los periodos que llamamos clásicos, y descubrir los elementos de mestizaje que contienen.
De una época clásica de la edición (1551) viene el "Libro de la anatomía del hombre" de Bernardino Montaña, del que reproducimos un pequeño fragmento. El texto corrido de la parte superior, en castellano, está impreso en caracteres góticos, que en España perduraron durante muchas décadas después de la invención de la imprenta. El texto de la columna lateral, por el contrario, presenta caracteres latinos, es decir, de una tradición opuesta a la anterior en términos históricos. Su coherencia puede definirse como relativa, pero en términos culturales, nunca existe la coherencia absoluta. Afortunadamente.
Bibliografía
- Patrick J. Lynch y Sarah Horton: Web Style Guide, Yale University Press, 1999.
- Lewis Blackwell: 20 th Century Type, LKP, 1992.
- Wen C. Fong: Beyond Representation, Yale University Press, 1992
- Rudolf Arnheim: El poder del centro, Alianza, 1984
- Rudolf Arnheim: El pensamiento visual, Paidos, 1986
- María Luisa Caturla: Arte de épocas inciertas, Arbor, 1944
- Adrian Frutiger: Signos, símbolos, marcas y señales, G Gili, 1985
- E. H. Gombrich: El sentido de orden, G. Gili, 1980
- Irvin Rock: La percepción, Labor, 1985
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