Sección 01 Historia del Arte

Romanticismo (2da parte)

Imagen del Lic. Milko A. García Torres
por Milko A. García Torres
Recopilación del libro "Historia de la pintura. Guía esencial
para conocer la historia del arte occidental". Wendy Beckett
 

 

En los paisajes, los románticos dieron rienda suelta a su atrevimiento y a su imaginación.
Los amantes del arte del siglo XIX quizá lamentasen la pérdida de la serenidad racional de Claudio de Lorena, el maestro del siglo XVII, pero muchos también supieron ver que Turner era su igual. La revelación de Turner de la atmósfera y la luz respondía a la necesidad de un nuevo lenguaje artístico. Constable sorprendió al mundo con una nueva percepción de la naturaleza tal y como es y con un enfoque más abierto, y no de una forma idealizada o estilizada.

 

Los franceses no fueron, de njngún modo, los únicos románticos: Alemania era «la tierra original de los godos». Un toque de ese intenso simbolismo que tan a menudo caracteriza el arte alemán se aprecia en Caspar David Friedrich (1774-1810). Es el campo principalmente lo que Friedrich ve como símbolo, una muda alabanza "de su invisible Creador". El misticismo germano nunca ha sido muy exportable, y sólo hoy se considera a Friedrich un artista significativo y con fuerza. El arte religioso sin religión explícita no es fácil de pintar, pero Friedrich lo consigue.

"Monje en la orilla" (arriba), posee una atrevida simplicidad. Tres grandes franjas se extienden en el cuadro: el cielo, el mar y la tierra, con una única nota vertical compuesta por el ser humano, que recoge la mudez de la naturaleza y le da voz. «Monje» viene del griego y significa «solo», y es esta soledad lo que Friedrich comparte con nosotros. Según esta pintura, todos somos monjes y todos estamos en la orilla de lo desconocido.

 

La tradición romántica inglesa

El verdadero romanticismo -en el sentido del amplio movimiento ligado a la desaparición del neoclasicismo- es originario, por derecho propio, de Francia. Por otro lado, si hablamos estrictamente en términos cronológicos, surgió una tradición romántica en Inglaterra antes que en Francia; en cierto modo, siempre había existido en la forma de la particular sensibilidad inglesa con respecto al paisaje -ejemplificada en las pinturas de Gainsborough. Esta temprana sensibilidad alcanzó su completa expresión romántica en las obras de los dos grandes paisajistas ingleses: Turner y Constable.

Los paisajes de Turner: Turner (Joseph Mallord William, 1775-1851) inquietó a todos aquellos que le conocían por su falta de conformismo con la idea aceptada de gran artista. Continuó siendo un Cockney impenitente, que no era muy escrupuloso con la higiene ni con la correcta pronunciación, pero sí apasionadamente dedicado a las cosas que le importaban. Desde el principio se reconoció su grandeza, y su carrera fue una fuente de reacciones desconcertantes pero afirmativas a lo largo de su vida. Aunque su costumbre de verter y empapar de pintura sus lienzos fuese más allá de lo comprensible, llevaban el sello indiscutible del genio. Asociamos a Turner con el color, pero sus primeras obras son oscuras, puesto que su principal preocupación era la realidad de la escena y, además, su drama inherente.
A mediados de su carrera empezó a sentir fascinación por la luz. El lugar nunca pierde su utilidad, pero es como punto de luz, una especie de preciado receptáculo, por lo que importa. Fue amigo de un grupo de acuarelistas ingleses que en esa época estaban desarrollando un arte principalmente basado en la atmósfera de un lugar, además de su realidad topográfica. Esta nueva forma artística se denominó «pintoresca». La primera formación de Turner fue como acuarelista, y llegó un momento en que se dio cuenta del especial potencial de la acuarela para la libertad de expresión en sus óleos, creando así un nuevo lenguaje sin precedentes.

Mortlake Terrace (arriba) no contiene, en principio, ningún elemento dramático. Plasma un atardecer de principios del verano, con el Támesis en su tranquilo fluir, los barcos de placer aventurándose en el río, los altos árboles alienados en el paseo moviéndose ligeramente con la brisa. Las sombras caen sobre la hierba corta, unas pocas personas miran, un perrito se sube al parapeto. En realidad no sucede nada, y sin embargo, el drama resulta tan vibrante como siempre. La luz es la preocupación del artista; todo es un pretexto para su enamorada representación de esta delicadeza de luz solar. La luz vibra en el aire, emblanquece las colinas lejanas, hace que los árboles resulten translúcidos, forma una sombra oscura y en diagonal sobre la monótona hierba, que adquiere así una fascinante textura; la luz esconde el mundo y lo revela.
Las guerras napoleónicas acabaron en 1815, y Europa volvió a ser accesible una vez más. Turner empezó su larga serie de viajes por los países europeos. Particularmente importantes fueron sus viajes a ltalia: en 1819 pasó tres meses en Roma y después visitó Nápoles, Florencia y Venecia. Volvió a Italia en 1829,1833,1840 y 1844. Su comprensión de la mecánica de la luz experimentó un amplio avance durante las épocas que pasó en Italia, especialmente en Venecia, y esto es lo que marcó el comienzo de su última fase, la más espectacular.

Tempestad de nieve (arriba) muestra al Turner más apasionado. Se nos presenta un remolino de frenética energía, una comunicación casi táctil de lo que significa estar en medio de una tormenta de nieve en el mar. La opacidad de dicho elemento, las densas nubes que surgen como remolinos de la chimenea, la furiosa conmoción del água: todo se combina con un realismo casi aterrador. Sin embargo, si quitamos el título y cambiamos el siglo, pensaríamos que estamos ante un abstracto.
En esto consiste la grandeza de Turner, en una apreciación casi temeraria de la naturaleza, controlada únicamente por la fuerza de la comprensión del artista. Al controlar la escena, Turner parece controlar la naturaleza, cualidad divina, y nos comunica su metódico proceder.El observador experimenta la naturaleza y, sin embargo, es capaz de mantener la perspectiva.
Existen pocas cosas más estimulantes que enfrentarse a toda la fuerza de un gran Turner.

La alegría de la luz: En la obra de Tumer desde este momento hasta su vejez, la luz le ha conquistado de tal manera que todo se disuelve en su resplandor. En estas pinturas, la glorificación romántica y el amor por la naturaleza se muestran en su máximo esplendor. Es aquí donde la profunda naturaleza poética de la pintura romántica encuentra por primera vez su suprema forma visual. Como dijo su rival, Constable, parece que los últimos trabajos de Turner «están pintados con vapor coloreado».

Aproximación a Venecia (arriba) necesita el título, puesto que nos presenta una neblina coloreada a través de la cual aparecen unos puntos de lo que suponemos son barcos y un campanario lejano. El agua es dorada por efecto de la luz, pero el cielo también: ¿dónde empieza el agua y dónde termina el cielo? No hay profundidad de perspectiva, tan sólo espacio, altura, nubes, brillo, gloria. La impresión es de inmensa alegría, casi estática por su fuerza; lo natural se alía con lo espiritual. Turner ha roto el mundo en pedacitos de papel y los ha tirado al sol; allí se prenden y él los pinta al tiempo que grita: «¡Aleluya!».
Hasta el siglo XX, con Pollock, Rothko y De Kooning, no se dio ninguna muestra de tan atrevida indiferencia hacia el realismo. Sin embargo Turner sabía lo que pretendía. Las nubes de gloria, la piedra y el mortero transformados en ciudadelas del cielo: no son invenciones. Pocas personas no han visto las extravagancias de gloria que el sol produce mañana tras mañana. Era un don especial de Turner saber que esos extremos de luz y color exigen al artista una gran técnica.

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