5.3.4.- Aztecas.
La última civilización mesoamericana importante fue la de los aztecas, también llamados mexicas (de donde proviene el nombre de México). Entre 1428 y 1521 los aztecas produjeron y reunieron, a través de los tributos imperiales, objetos que hoy constituyen algunos de los mejores ejemplos del arte precolombino que ha llegado hasta nuestros días.
La ciudad de Tenochtitlan, junto con su vecina Tlatelolco, contaba con más de 60,000 viviendas y tenia una población superior a los 300,000 habitantes; es decir, que tenia un tamaño 5 veces mayor que el de Londres en tiempos de Enrique VIII. En el espacio de poco más de cinco años, la bellísima ciudad y su enorme población fueron destruidas. Y esta asombrosa destrucción fue llevada a cabo por un ejercito de menos de seiscientos españoles, con la ayuda de sus numerosos aliados indios.
El pueblo azteca daba gran importancia al tiempo, que era registrado en dos calendarios: el de 365 días, xihuitl, que era el solar y o agrícola, compuesto por 18 meses de 20 días, mas cinco días "inútiles" o "aciagos"; y la cuenta de los destinos de 260 días, llamada tonalpohualli, que tenia mas bien carácter adivinatorio.
Este esta divido en 13 meses de 20 días cada uno. Cada día tiene un nombre y se combina rotando con un número del 1 al 13, hasta completar los 260 días (13 veces 20=260). Cada día con su numeral tiene una carga energética que lo conecta con la fuerza del cosmos, y esta bajo la protección de un dios, se relaciona a un rumbo del universo y a un color, y tiene un augurio asociado.
Los aztecas dividían el calendario solar en 5 periodos de 73 días, especie de estaciones a los que llamaban cocij: cocij cogaa, era el tiempo del agua y del viento simbolizado por el cocodrilo; cocij col lapa era el tiempo de las cosechas, representado por el maíz; cocij piye chij, era el tiempo santo o de fiesta, representado por el águila o el guerrero; cocij piye cogaa, tiempo de secas e inicio del calendario; cocij yoocho, tiempo de las enfermedades y las miserias, representadas por el tigre.
Contrariamente a lo que se ha creído, el pueblo Azteca no era un imperio en toda la extensión de la palabra. Cierto, nadie podía desobedecer una orden del Gran Orador o Huey Tlatoani (nombre correcto del Emperador Azteca), sin embargo, este podía ser destituido, como le paso a Moctezuma durante la invasión española: este fue destituido y puesto en su lugar el joven Guerrero Cuahutemoc.
El hijo del Gran Orador no siempre fue el heredero. Era un Consejo de Sabios- muy similar al Senado Romano- el que decidía de manera democrática quien seria el próximo gobernante de Tenochtitlan. En cierto sentido, la elección del Gran Orador era muy similar a la del Emperador Bizantino (curiosamente, estas dos culturas son contemporáneas, terminando la Bizantina años antes del descubrimiento de América).
Una vez electo el Gran Orador, era obedecido en todo, debido a que era el representante en la Tierra del dios Huitzilipochtli. El Gran Orador era, además del jefe del gobierno, el sacerdote principal del Gran Templo.
Este curioso procedimiento de selección se debe, según varios investigadores, y basados estos en leyendas y relatos aztecas, en que el primer gobernante azteca (1376), Acamapichtli, tenia por esposa principal a una mujer llamada Ilancueitl, hija del señor de un pueblo vecino.
Esta muchacha era estéril, lo cual ocasiono que los nobles aztecas le ofrecieran a sus hijas y que el mismo tomara a sus esclavas como compañeras. Lógico, esto ocasiono que más de alguna quedara preñada del Rey Azteca y cada una reclamaba el derecho de llevar en sus entrañas al futuro heredero. Cuando la mayoría de los hijos de Acamapichtli eran ya mayores, un grupo de sacerdotes y grandes guerreros se reunieron por orden del Emperador para decidir, entre todos, quien seria el próximo Gran Orador.
Esto originó al nacimiento del Consejo de Sabios, cuyos miembros serian los mejores guerreros y los más sabios sacerdotes. Su elección era, también, democrática, al ser elegidos estos por sus respectivos calpullis (nos abocaremos a estos mas adelante). Este procedimiento de selección siguió todo el tiempo que duro el Imperio Azteca.
De esta forma, nunca existió una dinastía (si bien a veces el Gran Orador era pariente cercano del anterior, como fue sobrino Moctezuma de Ahuizotl) de familias aztecas, evitando con esto el añejamiento de la civilización, tal y como paso con los zares en Rusia y los reyes en Francia.
El corazón del Imperio Mexica fue el calpulli. Aun antes de que existiera el imperio, ya existía el calpulli. Este se formaba generalmente por parientes o personas con la misma profesión, de esta forma existían calpullis de sacerdotes, guerreros águila, guerreros ocelotes, carpinteros, alfareros, etc.
Cada calpulli era una forma de gobierno autónoma, con su propio Orador o gobernante, el cual era elegido por los mas ancianos moradores del calpulli. Para darnos una idea, diremos que cada calpulli tenia su propia escuela, su propio templo, a veces, si el calpulli era importante, tenían su propia guarnición.
En la sociedad azteca no había clases cerradas. Cualquiera podía llegar a ser miembro del Consejo de Sabios. Sin embargo, solo los nobles podían ser Grandes Oradores. Existe una cuento azteca que narra como un tlaxcalteca, Nanahuatzin (llamado igual que el dios que dio vida al Quinto Sol), fue sorprendido por Moctezuma robando leña de su bosque privado.
Al contestarle Nanahuatzin de manera honrada, Moctezuma lo premio nombrándolo Voz Principal. En este cuento, se puede ver como la gente de mas humilde cuna podía llegar a ascender a los mas altos niveles en la sociedad azteca. Esa fue la razón por la que pudieron dominar y controlar el imperio mas extenso de toda Norteamérica y uno de los mas grandes a nivel mundial.
Una costumbre azteca consistía en que el Gran Orador, una vez elegido, dejaba de ser un humano, para convertirse en un dios. De hecho, cada Gran Orador azteca era adorado en el Templo Mayor.
El protocolo azteca exigía que nadie podía ver directamente al emperador, ni hablarle o escucharle. Por eso existía el portavoz, era el que transmitía lo dicho por su señor a los lacayos y lo que estos le respondían al emperador. Empero, en casos graves, el rey hablaba de manera directa con su Consejo.
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