La obra se conserva en el Museo Nacional de Arte en Barcelona, Cataluña
Al recoleto pueblecito de Tahull, en el leridano valle pirenaico de Bohí, llegan, avanzado el primer cuarto del siglo XII, dos pintores que se encargarían del recubrimiento ornamental de las dos iglesias románicas de Santa María y San Clemente. Son dos artistas de procedencia italiana, pero que han incorporado las técnicas expresivas de miniaturistas y muralistas hispanos. El pintor de Santa María ha pintado antes dos conjuntos importantísimos: San Baudelio de Berlanga (Soria) y la Vera Cruz de Maderuelo (Segovia), y como "maestro de Maderuelo" es por el momento conocido. La pinturas de Tahull, en la actualidad en el Museo de Arte de Cataluña de Barcelona, constituyen la más alta cima del románico catalán y una de las cumbres de la pintura medieval, si bien nuestro examen se limitará al ábside de San Clemente, el episodio más genial de las dos iglesias.
La perfección del ábside se explica por la simbiosis de un artista excepcional y una tradición tenaz de búsqueda de recursos expresivos de varias escuelas. Tres corrientes artísticas han de señalarse en el camino que desemboca en esta obra maestra: la bizantina, con su espiritualidad solemne, difundida por todo el Mediterráneo y que el artista aprendió en Italia; la árabe, con su caligrafía ornamental, que rompe el hieratismo de las fórmulas bizantinas, y la mozárabe, que en las miniaturas del Beato de Liébana ha conseguido con su sinceridad naturalista dotar a los rostros de una fuerza expresiva poderosa. Cuando finaliza el siglo X en el monasterio de Ripoll se ha formado una escuela de miniaturistas catalanes y de otras regiones, que son capaces de fundir estas corrientes, y de raíces tan variadas se nutre el pintor de San Clemente, quien asume y eleva todos los ensayos del arte anterior.
En principio un ábside ofrece una superficie poco propicia para la expresión plástica, pero los artistas románicos aprendieron a convertir su curvatura en un recurso intensificador y se sintieron tan cómodos para diseñar sus composiciones como en una superficie plana. Y su función de cabecera de la iglesia, cobijadora del altar y punto de referencia de los ritmos de las naves, convirtió al ábside en el lugar clave de las representaciones iconográficas. A veces se distinguen tres zonas: la superior, el cielo, con Cristo Majestad y los Evangelistas; en medio, la Iglesia con la Virgen y Apóstoles; en una franja inferior, más estrecha, la Tierra, con símbolos y juegos de colores.
La imagen nos muestra una Teofanía, es decir una manifestación plástica de la Divinidad. En el cuarto de esfera del ábside aparece Cristo en Majestad. Se trata de una figura grandiosa, descomunal, preponderante, circundado por el óvalo de la perfección divina o mandorla mística, impone reverencia y temor.
La fijeza e intensidad de su mirada son sobrecogedoras. Estamos ante el Cristo Juez del Apocalipsis, señor del Alfa y la Omega, del principio y del fin. Es un Cristo bendiciente y dominador, revestido de gloria en su trono, que sostiene en su mano izquierda el libro de su doctrina, el cristianismo, en la que señala "Ego sum lux mundi" (Yo soy la luz del mundo), y que apoya sus pies sobre un horizonte curvo, el mundo. Lo acompañan en su cielo y a sus plantas en círculos o ruedas sostenidas por ángeles, los vivientes del relato apocalíptico: el hombre, el toro, el águila y el león, que constituyen el Tetramorfos, el conjunto de los símbolos de los cuatro evangelistas.
Debajo del Cristo triunfante o Pantocrátor, en la altura intermedia del ábside, entre el Cielo y la Tierra, se presenta el cortejo celestial de los Apóstoles y la Virgen. Se trata de uno de los frisos más bellos, solemnes y expresivos del Románico, riquísimo en la combinación y matización de los colores, en donde predominan los rojos, azules, blancos, ocres y verdes. Rigurosamente frontales y simétricos, separados entre sí por una escueta arquería, estos personajes son portadores de símbolos de la verdad y de la redención, así la Virgen lleva en sus manos la copa de la sangre redentora de Jesús.
El ábside de San Clemente es un emblema del Carácter litúrgico, simbólico y eclesial del arte Románico. En el mundo fragmentado y tumultuoso de la Edad Media, los eclesiásticos impusieron un sistema autoritario y unificador del pensamiento y de la vida: la organización teocrática, en donde el Románico puso de manifiesto aquella concepción religiosa.
El templo románico fue concebido como palacio de Dios en la Tierra y como lugar señalado para que el hombre entrara en contacto con el mundo sobrenatural y con los secretos de la fe.
Los maestros pintores fueron los encargados de desarrollar sobre los muros de este y otros templos del Pirineo programas iconográficos que ofrecían a los fieles elementos de información, de piedad y de exaltación religiosa. |