Reconstrucción de un fresco procedente del Palacio de Tirinto (siglo XIII a. de C.)
Tras la llegada hacia el año 2000 a. de C. de pueblos indoeuropeos a Grecia y Asia Menor, se sientan las bases de la cultura heládica que en su última etapa del Heládico Reciente, entre el 1600 y el 1100 a. de C., ofrece numerosos paralelismos con la cultura minoica. El carácter guerrero de la sociedad aquea se patentiza en la creación de una arquitectura de carácter defensivo, de ciudades-fortaleza, entre las que sobresalen Tirinto y Micenas, su capital.
La impresionante riqueza de algunos de los ajuares funerarios de las tumbas (entre los que destacan las máscaras de oro, los vasos cerámicos y las armas) conjugan el naturalismo decorativo minoico con la tendencia a la abstracción propia de este arte, evidenciando, al igual que en los restos pictóricos de sus palacios, las estrechas y largas relaciones existentes habidas entre la sociedad micénica y la minoica.
En los palacios micénicos se han conservado los restos de la última pintura mural producida por la Grecia primitiva. No se volverá a ver este arte hasta el siglo IV, con la pintura helenística. La pintura micénica es la más antigua que conocemos en la Grecia continental, al margen de los escasos precedentes del Heládico Antiguo. Las salas nobles de estos palacios (Tebas, Tirinto, Pilos) se decoraban con pinturas murales a la moda cretense. Hay procesiones de tipo religioso con oferentes femeninas, de carnaciones blancas y largas trenzas, con flores, píxides o cajas, jarras con perfumes y hasta estatuillas en terracota de divinidades micénicas. Por lo general, frente a la naturaleza amable e idílica de los modelos minoicos, de estilo y movimientos flexibles, en las pinturas palaciales micénicas, de estilo más rígido, predominan las escenas de caza o de guerra. Reflejan un mundo heroico y son modelo del aristócrata palaciego, acaso germen de la posterior tradición épica y mítica de Homero,
Los primeros frescos provienen del llamado Palacio de Cadmo, en Tebas, y algún fragmento, del palacio más antiguo de Tirinto, fechados ambos hacia 1400. En ellos aparecen procesiones de mujeres de tamaño natural (unos 1,60 m de altura), las más minoicas entre todas las pinturas micénicas, de la que la imagen que comentamos es un claro ejemplo.
La técnica pictórica es la misma que en Creta, el estuco pintado al fresco, con colores intensos: blanco, amarillo, rojo, azul y negro, huyendo de las tonalidades suaves y grisáceas. En el continente se aprecia una mayor dureza a la hora de marcar los perfiles de las figuras y los colores aparecen conjuntados de un modo más burdo, hiriente a los ojos en ocasiones.
La figura femenina que comentamos se presenta ante nuestros ojos vestida con un largo vestido cretense de volantes, delgada cintura de avispa y ataviada, en su parte superior, con una chaqueta con mangas cortas, ajustada y abierta, mostrando abultados senos, otra referencia al estilo cretense de figuras femeninas, tanto en escultura (Diosa de las serpientes) como en pintura (Damas de azul), que presentan al espectador unos exuberantes senos que podrían interpretarse cómo símbolo de la madre naturaleza que amamanta la vida. El peinado es más aparatoso que en Creta, con sus muchos aderezos de cintas y diademas. El personaje va descalzo, caminando de perfil y con un píxide (caja de cerámica para afeites, pomadas, etc. utilizada en la antigua Grecia) en las manos.
A diferencia de la pintura minoica, los micénicos encuadran la escena pintada en un marco pulcramente trazado con verticales y horizontales, compuestos de bandas decoradas con motivos geométricos.
Esta obra, y en su conjunto toda la pintura micénica, demuestra que hay una clara preferencia por los temas de acción o de desfiles procesionales, más que por las ceremonias de culto o las vistas de la naturaleza, tan socorridas en los palacios minoicos. De éstos se tomaron, sin embargo, los desfiles, dándoles una mayor trascendencia, quizás en homenaje al príncipe, al modo oriental o egipcio. |