Como ocurre con la arquitectura, también la escultura etrusca nos coloca frente a un panorama muy particular. Se trata de una escultura consagrada casi exclusivamente a fines religiosos y funerarios, y en la que faltan, casi por completo, motivos de inspiración profana, tales como acontecimientos históricos, conmemoraciones de carácter civil, etc. Se trata, por lo tanto, de una escultura que está totalmente de acuerdo con las tendencias fundamentales que caracterizan a toda la producción etrusca, la inmediatez, la expresividad, la búsqueda del efecto, la rapidez de ejecución, rasgos, todos ellos, que revelan ser esencialmente fruto del trabajo de modeladores. Los artistas etruscos tuvieron gran habilidad en el modelado del barro, y es posible que los griegos, establecidos en Italia meridional y en la Sicilia, aprendieran de los Etruscos a realizar los grandes ornatos arquitectónicos en tierra cocida.
La imagen que nos ocupa corresponde al célebre Apolo de Veyes. Se trata de una magnífica terracota del templo de Portonaccio, situado en las afueras de Veyes y representa al dios mítico a tamaño natural (181 cm.) y, junto con otras terracotas análogas de la misma procedencia, como la cabeza de Hermes, constituye la mejor prueba de los afamados talleres de terracotas de las ciudades etruscas. Éste Apolo se encuentra en el museo de Villa Giulia, en Roma y se fecha a finales del siglo VI a. de C., cuando dicen las fuentes que trabajaba en la ciudad etrusca el artista Vulca, a quien los romanos, según cita Plinio, encomendaron nada más, y nada menos, que la realización de la imagen del dios Júpiter para su templo principal del Capitolio.
Considerado como el emblema del arte etrusco, objeto de apasionantes discusiones y eje de todo discurso sobre dicho arte, el Apolo de Veyes es el testimonio más elocuente de la individualidad e irrepetibilidad de la obra de arte etrusca. De hecho, el mismo estilo jónico que forma su base estilística, su motivo fundamental, aunque ampliamente condicionado por nuevos modelos más propiamente atenienses, aparece aquí totalmente superado o, mejor, revivido, con profunda e intensa originalidad. La estatua se sitúa así, fuera de toda clasificación esquemática: inconfundible y nueva, única e irrepetible. Su estilo es vigoroso y afilado, lejos, sin duda de la morbidez que había sido propia del gusto jónico, concretado en una imagen extraordinariamente eficaz, llena de tensión, subrayada por la complacencia en la línea elegante e incisiva y, al mismo tiempo, rica en fuerza barbárica: expresión conjunta de potencia física e ímpetu dinámico, no sin un algo de abstracción, de la que emerge el perfil geométrico del rostro agudo y de feroz expresividad, de los labios sensuales y de los ojos absortos, pero vivos.
Veyes, situada a sólo 17 kilómetros de Roma, era una importante ciudad-estado en cuyos dominios debió incluirse la propia Roma durante algún tiempo. No es extraño, pues, que en el camino hacía el imperialismo tuviera una especial significación la conquista de Veyes en el 396 a. de C., primera de las ciudades etruscas sometidas. Sus terracotas ilustran lo que debió ser el arte de Roma de esa época y que han hecho hablar, con razón, de un Maestro del Apolo, posiblemente Vulca, la más alta y original personalidad artística que conocemos del mundo etrusco y que hace que las estatuas de Veyes se presenten como un fenómeno casi aislado, prácticamente sin antecedentes ni preparación. |