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Desde España, el Lic. Guardia Villar nos
comenta algunas de las obras de arte más
significativas de las distintas etapas del arte.
El
Diadúmeno
Escultura
de bulto redondo que presenta a un joven en la plenitud de sus facultades,
con los brazos levantados en el momento de ceñirse la frente con
una cinta. En primer término observamos que la figura gravita sobre
la pierna derecha, mientras que la izquierda queda rezagada, tocando levemente
el suelo con los dedos del pie correspondiente. Esta actitud, que aporta
a la estatua una mayor profundidad espacial y una impresión más
viva de movimiento, podría resultar un tanto brusca, pero se encuentra
equilibrada por la suave inclinación de la cabeza que dirige la
mirada en sentido opuesto al de la pierna exonerada, acentuando así
el tono vital del conjunto.
Profundizando algo más en la descripción, diremos que el
eje del torso aparece con una marcada curvatura, lo que imprime a esta
parte del cuerpo un dinamismo contenido, acorde con las restantes actitudes
que dan como resultante un movimiento basado en la fórmula del
contraposto o contrabalanceo. Asimismo, aparece también en esta
escultura el llamado "principio de la articulación" o
diarthrosis, por el que se acentúan de manera ostensible las líneas
divisorias entre brazos y piernas, el borde inferior de los pectorales,
la cintura y el pliegue inguinal. Este último elemento, junto con
el arco torácico, constituyen dos arcos pertenecientes a un mismo
círculo.
La estatua en su conjunto, se muestra ante el espectador con un punto
de vista frontal, desde donde puede ser observada en su armonía
compositiva, revelada en sus líneas verticales, horizontales y
oblicuas, pero el giro lateral de la cabeza produce el desplazamiento
del punto de vista hacia un lado, planteando de este modo dos situaciones
referenciales distintas. Se trata, pues, de una figura en actitud serena,
heroica, con los brazos levantados y el cuerpo tranquilo pero no estático,
porque sus piernas aún se balancean, como si no pudieran resignarse
a quedar inmóviles.
En las líneas precedentes hemos realizado la descripción
de la segunda obra importante del escultor griego Policleto: El Diadúmeno
o joven ciñendo en su cabeza la venda, fechada entre los años
440 al 430 a. C., según la cronología apuntada por Blanco
Freijeiro.
En la personalidad de Policleto habría que destacar su formación
artística en la escuela de Argos, ciudad del Peloponeso famosa
por la perfección de las obras realizadas en bronce, razón
por la cual el creador del Diadúmeno será, sobre todo, broncista
y en ese material hará todos los originales de sus obras. A esta
preparación práctica se une una vocación didáctica
que le llevará a teorizar sobre sus ideas estéticas escribiendo
una obra, conocida por las citas de otros autores, titulada Kanon, donde
nos muestra su interés por las figuras geométricas, conectando
de esta manera con los filósofos de su tiempo, particularmente
en lo que se refiere a su predilección por las formas esféricas,
lo cual trae a nuestra memoria el Timeo de Platón, en donde se
defiende la hipótesis de que los dioses habían dado estas
formas a las cabezas de los seres humanos por considerarlas la parte más
noble de su cuerpo y el reflejo de la imagen del Universo. En su obra,
Policleto parte del concepto de symmetria, entendida como la relación
armónica de las partes del cuerpo y de cada una de ellas con el
conjunto, en un minucioso estudio de sus proporciones. Piensa que lo bello
consiste en "la relación de un dedo con otro y la de todos
ellos con el metacarpo y carpo, y la de éstos con el antebrazo,
y en la del antebrazo con el brazo, hasta concertar el total de las medidas"
(Chrysippos).
Pero, aunque para Policleto el dedo sea la unidad, la cabeza es el elemento
referencial, ya que ésta debía medir, tomada desde el mentón
hasta el arranque del cabello, una séptima parte del total de las
dimensiones del cuerpo representado. Estas y otras características
ya citadas al describir el Diadúmeno, como son el principio de
la articulación, el círculo que forman el arco torácico
y el pliegue inguinal, constituyen, como ya hemos indicado, el núcleo
de las ideas estéticas del escultor de Argos y nos lo presentan,
no como una personalidad aislada, sino como fruto de una generación
de artistas orgullosos del genio griego, centrado en los valores del ser
humano, frente a la brutalidad oriental. Todos ellos tendrán como
ideal estético la representación del cuerpo humano desnudo
que, aun con una base real, constituyen arquetipos de una belleza ideal.
A estos mismos principios responden las dos grandes obras de Policleto:
el Doríforo y el Diadúmeno. Sin embargo, ésta última
es un trabajo de madurez, en la que su autor suavizó los planos,
animando la figura con un movimiento más alegre, al acentuar la
curvatura del torso. A ello hay que unir la menor esbeltez de sus piernas
y una expresión más dulce en su rostro, acorde con la gracia
que transmite el conjunto de la obra, siendo esto último un rasgo
que quizás Policleto tomó de las esculturas de Fidias, con
el fin de dotar a su figura de un carácter más espiritual,
abandonando, en parte, la frialdad de las formas geométricas plasmadas
en el Doríforo.
No obstante, a pesar de estos elementos innovadores, las dos esculturas
nos traen a la memoria a los kouroi arcaicos, no sólo por la temática
de atletas triunfantes, sino por la actitud y punto de vista que sigue
dentro de los límites frontales, continuando una tradición
estética que no se romperá hasta el siglo siguiente. En
este sentido se ha criticado a Policleto el haber frenado los impulsos
naturalistas aparecidos en la generación que le precedió,
plasmados en obras como la del conjunto de los Tiranicidas, sometiendo
a las esculturas a un módulo severo y a un riguroso sistema selectivo
en lo que se refiere a los temas. Esta actitud ha puesto en cuestión
el hecho de que el arte clásico griego sea la expresión
del alma colectiva de Grecia, planteándolo más bien como
fruto de una minoría selecta que dominó la vida del mundo
helénico en la segunda mitad del siglo V.
Sea como fuere, a pesar de estas críticas insistimos en que el
Diadúmeno supone un tímido abandono de la rigidez normativa
que imponía el kanon. El movimiento de la cabeza, la misma actitud
de los brazos, las formas blandas que suavizan la diarthrosis y el dinamismo
que aporta el contraposto del torso, están anunciando ya a los
escultores de la generación siguiente, como puede ser el caso de
Praxíteles. Quizás en esto último radique una de
las características del genio de Policleto que, como Platón,
seguramente pensaba que las normas están para servir al hombre
y no al contrario.
Entre las copias que nos han llegado del Diadúmeno, cabría
destacar la conservada en el Museo del Prado, réplica romana de
gran calidad, pero que tiene la particularidad de presentar el brazo derecho
de forma errónea, debido a una restauración equivocada del
siglo XVII; y la que se muestra en el Museo Nacional de Atenas, que tiene
los dos brazos en su actitud correcta, aunque tampoco aquí se han
conservado las manos.
Grupo
escultórico del Toro Farnesio.
Nos encontramos ante
un grupo escultórico de bulto redondo y tema mitológico,
con antecedentes en la época clásica, que pervive durante
el helenismo y que vuelve a recrearse durante el Renacimiento y el Neoclásico.
El grupo debió ser esculpido en mármol, sobre un amplio
soporte en el que se simula un paisaje.
Su técnica parte de las conquistas del S. IV y desarrolla los procesos
estilísticos que entonces se inician, a los que se suman otros
nuevos como un mayor naturalismo, mayor amplitud de temas y un dominio
superior de la materia y de las técnicas que determinan los efectos
del claroscuro. Dentro de los problemas técnicos que se le presentan
al artista de esta época está el de la constitución
de la materia, y que su mayor grado de libertad y avance técnico
resuelve con el empleo de varios materiales y los llamados valores táctiles,
todo lo cual le confiere un cierto preciosismo claramente de matiz barroquizante.
Así pues, vemos como el modelado denota preocupación por
el problema de las texturas, que resuelve con técnicas que valoran
desde el aspecto más rugoso al finísimo. Asistimos, pues,
a la aparición del modelado pictórico, en donde se da más
importancia al efecto que al volumen, aunque, como es natural, sin olvidar
éste.
Por lo que respecta a los aspectos formales, es un grupo escultórico
de composición piramidal con las figuras dispuestas de tal modo
que el eje vertical de gravedad se apoya siempre sobre la gran masa que
conforma la base. Así mismo, en la disposición de masas
y volúmenes observamos un cierto contraste entre el tamaño
de las figuras, estando en función del valor que tienen éstas
en la composición, así el perro y el pastor son concebidos
a escala menor, pues forman parte del paisaje. Por otra parte, todo esto
nos lleva a un abandono de la ley de la frontalidad y del punto de vista
único, al haberse alcanzado ya la tridimensionalidad, por lo que
el artista modela con la misma minuciosidad los distintos planos visuales,
atendiendo con el mismo detallismo tanto las formas esenciales como las
secundarias, buscando por todos los medios producir un impacto en el espectador,
y de aquí que le preocupe más el contraste que la justa
proporción y armonía.
Estamos, pues, ante una obra que supone un fiel ejemplo de la escultura
de la época Helenística, en donde se ha abandonado ya la
madurez de estilo de la Época Clásica, en la que después
de haberse conquistado la forma y el volumen, cada parte sólo recibía
la atención que se merecía, pero sin detallismo acentuado,
y eliminando todo lo anecdótico y lo que no fuera esencial, al
importar sólo la idea global para llegar así al ideal máximo
de belleza, proporción y armonía. Todo esto empezará
a cambiar en el S. III o Época Helenística, en la que se
persigue, como podemos apreciar aquí, un mayor realismo y movimiento
exagerado, al mismo tiempo que no existe una única idea, sino que
el artista se entretiene en cada detalle hasta conseguir el virtuosismo
de las formas, exagerando el valor pictórico, el contraste y los
valores táctiles, llegando a conseguir todo ello gran aceptación
en esta época en las distintas escuelas.
Por sus características peculiares podríamos encuadrarla
dentro de la Escuela de Rodas, por caracterizarse ésta, sobre todo,
por un gusto a plasmar grandiosos grupos escultóricos, destinados
muchos de ellos a embellecer los planes urbanísticos de las ciudades
helenísticas.
Copa
de exequias
En esta lámina
podemos contemplar la extraordinaria "Copa de Exequias" (un
viaje maravilloso de Dionisos por el mar del vino), fue realizada en cerámica
hacia el 530 a. C. por Exequias. Procede de Vulci, Italia, y pertenece
al periodo final del arcaísmo griego.
Se trata de una de las más deliciosas pinturas de vasos realizadas
en el interior de vasos.
Dionisos, dios del vino y de la fiesta(delirio místico), esta reclinado,
como en postura de descansar, en un barco, rodeado de delfines, sobre
cuyo mástil se desparrama una parra gigantesca. La decoración
es de carácter simbólico y hace referencia a los piratas
que le habían capturado para venderlo como esclavo , a los que
Dionisos transformó en delfines después de haberlos enloquecido
con la parra, las serpientes y las plantas invisibles. La composición
circular, perfectamente adaptada al espacio, como es habitual en todos
los fondos de copas de vino.
Se produce un efecto de dinamismo casi vertiginoso, al que contribuyen
la vela, combada, impulsada por el viento (originalmente la vela era blanca
por completo) y los siete delfines que parecen saltar, sin descanso, en
torno al barco.
Curioso es que la escena, sin necesidad de ninguna ola, da la sensación
de la presencia de viento y mar. Dos concepciones coexisten en los vasos
de este periodo , las figuras monumentales, pobladas de seres amenazantes,
con un espíritu similar al de las de tempranas esculturas, decoran
con frecuencia grandes vasos funerarios.
Los diminutos frasquitos corintios de perfumes, o las copas áticas
de mediados de siglo VI a. C. adoptan, en cambio, un estilo miniaturista.
Pocos años después unos artistas innovadores introducen
en Atenas una nueva técnica, las figuras rojas. El fondo se cubre
de barniz negro, intensamente brillante, y se reservan las figuras, antes
negras, en el color anaranjado de la arcilla, los detalles interiores
ya no se graban, pues líneas negras en ligero relieve los dibujan.
La sensación visual será distinta: las figuras ganan en
corporeidad y poco a poco se desechan las viejas convenciones. Se irán
abandonando los temas fabulosos y animalísticos, interesan cada
vez más imágenes de hombres. Los vasos mejor conservados
y con dibujos más bellos, han sido curiosamente encontrados en
la Magna Grecia (sur de Italia), esto se debe a que los habitantes de
esta zona consideraban tan bellos estos vasos que los enterraban como
parte del ajuar de los difuntos.
Ménade
danzante.
Se trata de una copia
en mármol de una escultura original de Scopas, esta copia perfecta
está realizada por Albertinum de Dresde.
Scopas, formó junto con Praxíteles el dúo de los
grandes clásicos de mediados del s. IV a. de C. Es el escultor
de las figuras agitadas y de la exaltación extrema de las pasiones.
Su obra junto con la de Praxíteles y Lisipo crean un estilo que
continuará en la época helenística. Tal vez, la obra
más importante de Scopas fuera la decoración del Mausoleo
de Halicarnaso.
La obra, realizada hacia el 340-330 a. de C., se aleja de las fórmulas
plásticas características del siglo V, tanto en la estética,
como en la temática. Nada tiene que ver con la armonía y
serenidad de las estatuas clásicas. Refleja el cambio en la religiosidad
de la época, en la que los nuevos cultos locales sustituyen a las
grandes divinidades olímpicas protectoras de las polis.
La figura es una ménade, mujer que forma parte del cortejo de Dionisos-Baco,
al que acompaña bailando desenfrenadamente. Scopas representó
el Deseo y la Pasión dándole una profundidad excepcional
en los ojos, dotándolos de una sombra poderosa que intensificaba
la expresión de salvajismo.
Dionisos inventó el arte de obtener vino de los racimos de uva,
y recorrió el mundo enseñando su arte, llevando la locura
a todas las mujeres del reino. El culto a Dionisos se implantó
en todos los lugares del mundo que había recorrido, los seguidores
de esta nueva religión celebraban fiestas a las que se añadieron
los ritos orgiásticos, en los cuales las gentes perdían
el control de sí mismos sumidos en la embriaguez total y el éxtasis.
Scopas nos muestra a la menáde presa de esa locura, de la borrachera,
de la música, agitando su cuerpo violentamente, como queriendo
librarse de las ataduras de su vestido, reducido ya a unos trapos que
muestran su cuerpo desnudo, mostrando su estado de éxtasis. Eleva
su rostro al cielo, gritando un mensaje de liberación cuando ya
ha perdido el control sobre su cuerpo.
Plásticamente, aparte de esta nueva composición del cuerpo,
la sensación trémula en la muchacha se acentúa gracias
al trabajo muy profundo de los paños que crea violentos contrastes
de luz y sombra, así como el vigor de los movimientos, de un efectismo
en general muy expresionista.
El escultor busca la ruptura total del clasicismo, refleja los cambios
en la sociedad, los nuevos cultos religiosos y se aleja de la armonía
formal. La ménade fue ideada para ser vista de lado, desde donde
el sentido de agitación se manifiesta con mayor viveza y el cuerpo
transmite un mayor grado de sensualidad con un movimiento y una expresividad
totalmente nuevos, que marcarían el inicio hacia unas nuevas formas
plásticas, que anuncian el "barroquismo" helenístico.
Propileos
monumentales de la Acrópolis de Atenas.
Para dotar a la Acrópolis
de un acceso monumental y magnífico que penetrara al visitante
desde la Vía de las Panateas al interior de la Acrópolis.
Pericles quiso embellecer y engrandecer los viejos Propileos. Desde la
más remota antigüedad, la Acrópolis se levanto sobre
una colina donde hubo un palacio micénico, sobre cuyos restos se
levantó en época arcaica un templo dedicado a Atenea, diosa
protectora de la polis y más tarde el Erectión. También
hubo un primer Partenón levantado por Cimón y un propileo
monumental que fue destruido por los persas. Tras la victoria sobre los
persas, Cimón gobernante de Atenas inició la reconstrucción
de la ciudadela que continuó a su muerte con Pericles.
El siglo de Pericles (461-429 a. de C. ), es un periodo de brillantez
y esplendor y de un intenso vigor intelectual volcado en los frutos de
las creaciones del espíritu a la que Pericles insufla la misma
vitalidad que a la política ateniense que alcanzaron el triunfo
y lo hicieron redundar en gloria de Atenas. Impuso su personalidad en
el proyecto elaborado junto a sus amigos, entre los que destacan Fidias
y Anaxágoras.
A diferencia de la cultura egipcia, se construye a la escala del hombre.
El hombre es el centro del universo y el arte cubrirá las necesidades
del ser humano. Las obras mantienen un equilibrio en cuanto a la forma
(se establece un canón armónico). Con una preocupación
por la apariencia exterior, y que se inspira en la conjunción del
edificio como miembro de un conjunto, tratado como una escultura, es decir
como una forma estética, la columna.
La construcción en sí estuvo condicionada por una topografía
muy enrevesada y por la existencia de restos muy apreciados de monumentos
precedentes entre los cuales destaca el muro de la Acrópolis.
Análisis formal: Dirigida por el arquitecto Menesicles. La obra
se planteó en dos niveles o terrazas porticadas con dos frontales
hexástilos, orientados en dirección este-oeste cuyo eje
constituye el corredor de paso y dispuesto de cuatro estancias rectangulares
iguales adosadas en dirección norte-sur. Una de las del lado norte
era la Pinacoteca, recibe este nombre ya que sus paredes estaban decoradas.
La obra esta concebida a modo de pórtico y se comunica directamente
con el Templo de Atenea Nike.
El proyecto contemplaba también la construcción de dos edificios
porticados a ambos lados que no llegaron a construirse por motivos económicos.
Los frontales hexástilos: respetan el canon del orden dórico,
carecen de basa. Sobre el estilóbato se elevan las columnas, estilizadas,
con un ligero ensanchamiento del fuste en su parte central (éntasis),
los capiteles tienen equinos casi planos y, ábaco sencillo que
sostiene el entablamento. La doble vertiente del tejado deja un espacio
triangular, el llamado frontón.
La columnata del corredor de transito son jónicas. Ya en el Partenón
se aprecia que el orden dórico viene acompañado con influencias
jónicas, que pudieron aludir a la hermandad que los atenienses
querían establecer con las ciudades de Asia Menor, y en especial
con las de Jonia, que se encontraban amenazadas por los persas y a las
que Atenas pretende tutelar en el futuro. Las columnas jónicas
tienen el fuste más estilizado, y el capitel, adornado con unas
volutas, aporta una mayor magnificencia.
Tal vez Menesicles fue discípulo de Iktinos (arquitecto del Partenón)
gustaba de soluciones nuevas y originales, plasmadas en las alas adosadas
al cuerpo central del edificio. Esta fórmula era desconocida en
el dórico clásico, por cuanto rompe con el concepto de volumen
único, como una escultura, aunque conservando el de simetría.
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Este
texto es propiedad original y exclusiva
del Lic. José Manuel Guardia Villar. |