Grecia Clásica (2da parte)


Desde España, el Lic. Guardia Villar nos
comenta algunas de las obras de arte más
significativas de las distintas etapas del arte.

 

El áuriga de Delfos:

Se trata sin duda de la conocidísima estatua de bulto redondo conocida como El Auriga de Delfos, perteneciente a la escultura.
Debió de ser elaborada cosa de un decenio después que El efebo de Kritios, como ofrenda votiva tras una carrera. El tema representa al atleta que se había ganado el honor de ser personificado en una escultura, sólo cuando había sido el vencedor durante cuatro años consecutivos en los juegos griegos; no obstante, sigue en éste imperando el sentido de un arte conceptual, en el que se da más importancia al concepto que a la forma bella, por lo que aún no podemos hablar de una representación fiel de la realidad, sino de puro concepto de lo que representa: la casta de los aristoi, que eran los únicos que podían ejercitarse en los juegos atléticos y en las armas. Por otra parte, si bien el tema representado nos estaría llevando en un principio hacia una temática civil, no obstante, se podría hablar de unas implicaciones religiosas al tratarse de una ofrenda votiva.
Por su iconografía, estamos ante una nueva versión de los viejos Kuroi del primer arcaísmo, pero ahora, a diferencia de éstos, el Auriga aparece ciñendo a su frente la cinta de la victoria y vestido con una larga túnica hasta los pies, sujeta a la cintura por un cinturón, con las riendas todavía en una mano, y es que parece ser que originariamente el joven vencedor estaba de pie sobre un carro tirado por cuatro caballos.
Técnicamente, el material empleado fue el bronce, modelado mediante el sistema de vaciado en molde de la obra primitiva, material que fue muchas veces preferido por el artista griego para sus obras, aunque muchas de ellas nos hayan llegado en mármol por ser réplicas de época romana. También vemos como, al igual que en los templos griegos, la obra estaría en un principio bellamente policromada, como nos demuestran algunos restos de pintura que han dejado su huella en ésta.
A un primer golpe de vista, todavía observamos demasiado geometrismo que viene acentuado por la posición, parece una columna, y por los pliegues de la túnica a semejanza de las aristas del fuste dórico. No obstante, si la contemplamos con más detenimiento, vemos que algo ha cambiado y, a pesar del largo y pesado ropaje, experimentamos una impresión vaga de contrapposto del cuerpo, ya que los pies son cuidadosamente diferenciados para informarnos de que la pierna izquierda es la apoyada, y los hombros y la cabeza están ligeramente vueltos hacia la derecha. El vestido es de severa sencillez; pero comparándolo con los ropajes arcaicos, los pliegues parecen más suaves y más flexibles, percibimos quizás, probablemente por primera vez en la historia de la escultura, que reflejan el comportamiento del tejido auténtico (H. W. Janson).
Así mismo, se ha conseguido una cierta expresión del rostro, aunque ésta se caracterice por su severidad y una mirada hipnótica, como ensimismada en el infinito, al mismo tiempo que un perfeccionismo técnico que tiende a reproducir las formas copiadas de la realidad, hecho que queda constatado en el naturalismo de los volúmenes del rostro y de los pies, salvo en el esquematismo de los cabellos que todavía parecen un casco.
Así pues, no sólo el cuerpo sino también los vestidos, se han visto transformados por un nuevo modo de entender las relaciones funcionales de modo que cada pliegue es modelado por las fuerzas que actúan sobre él, el tirón hacia abajo de la gravedad, la forma del cuerpo que hay debajo, y los cinturones o correas que regulan su fluencia. La cara tiene la expresión pensativa, un tanto ensimismada, que encontramos en El Efebo de Kritios, pero la taracea de color de los ojos, por fortuna conservada en este ejemplo, así como los labios ligeramente separados, le da una expresión más animada. El porte general de la figura transmite el solemne acontecimiento que se conmemora, ya que las carreras de carros y otras pruebas similares constituían en aquellos tiempos peticiones destinadas a lograr el favor de los dioses, y no acontecimientos deportivos en el sentido moderno (H. W. Janson).
Por todas estas características podríamos clasificar esta escultura griega, ya de una forma más concreta, en la época del arcaísmo maduro, o estilo severo, que comprende, más o menos, la primera mitad del S.V A. de C. (500-450), en la que ya el artista ha conquistado la forma, mira e intenta imitar las formas de la naturaleza a través de un modelado plástico en la mayoría de las partes de la misma. Así pues, tiende a los amplios volúmenes, aunque todavía exista cierto geometrismo en el cabello. Las formas se insinúan, se independizan unas de otras, aunque aún predomine el punto de vista único. Ha desaparecido ya la sonrisa arcaica, aunque todavía encontremos demasiada solemnidad en los rostros, reflejada en esa expresión ausente y pensativa del personaje, esa expresión que impone respeto y hace pensar al observador.

Hermes y Dionisios.

Nos encontramos ante una manifestación artística que por su género podríamos encuadrar dentro de la escultura de bulto redondo de dimensiones naturales, y cuya temática es religiosa, pues representa al dios Hermes con Dionisio aún niño.
Es de reseñar cómo ahora se abandona la iconografía de los grandes dioses del Olimpo que destacaban por su seriedad y severidad, como pudieran ser Zeus, Poseidón o Atenea, prefiriéndose en cambio a aquellos otros que destacan por su juventud, belleza y sensualidad. Respondiendo a esto, vemos iconográficamente el cuerpo de un bello joven, perfecto de formas y proporciones, natural y graciosamente apoyado sobre un tronco de árbol, con la vista dirigida hacia ese pequeño niño que representa a Dionisio, y con el que parece que está jugando. Esto nos aparta también de aquella severidad de las esculturas de la época clásica anterior, que destacaban por su austeridad, ahora la actitud es de juego, algo impensable en los momentos inmediatamente anteriores.
Las conquistas técnicas son evidentes a través de ese modelado volumétrico que conforma toda la obra, consiguiendo a su vez una gran esbeltez y precisión en las formas anatómicas, un sinuoso juego de suaves curvas y un estudiado equilibrio, en una impresión de completo reposo realzada por el empleo de ese soporte exterior en el que se apoya. No obstante, podemos apreciar también un cierto detallismo en el cabello a través de ese modelado pictórico que da más importancia a los efectos, y que luego triunfará plenamente en el Helenismo.
El material utilizado es el mármol, y del que Praexíteles, a través de toda una serie de técnicas de acabado, consigue sacar esas formas blandas, casi jabonosas que caracterizan toda su obra. No obstante, no podemos olvidar que bien pudiera ser también una copia realizada posteriormente en época romana, siendo la original en bronce, material muy utilizado por los griegos, y que después se abandona para dar preferencia al mármol. Si esto fuera así, la original mostraría un acabado con policromía, puesto que los griegos tanto arquitectura como escultura las concebían polícromas.
El atrevimiento de las formas en ese brazo derecho levantado, y hoy en día desaparecido, es digno de mencionar, dado el atrevimiento con que se eleva y separa de la línea de composición central del tronco del cuerpo. Estamos sin duda muy lejos del mundo arcaico en donde regía la ley de la frontalidad, ahora la composición ha alcanzado ya la tridimensionalidad, y el artista modela todas y cada una de las partes de esa composición, atendiendo a cada una de ellas y dotándola de un gran naturalismo.
Así pues, en cuanto a los elementos formales podemos decir que, si bien la composición sigue siendo axial en torno a un eje de simetría, las formas entorno a él se han individualizado, al mismo tiempo que vemos como ese eje marca una línea en "ese" tan característica de Praexíteles, hasta tal punto que se ha llegado a definir como curva praexiteliana, y que acusa de una forma muy particular el contrapposto.
En cuanto a su estilo, éste se encuentra todavía dentro de un naturalismo idealizado, siendo preciso esperar al Helenismo, para encontrar en las obras de esta época ese realismo generalizado tan característico de algunas de ellas. Se podría decir, pues, que es ésta una obra producto de una época de tránsito hacia un nuevo modo de hacer y de y reproducir las formas de ese mundo que rodea al hombre.
Por todo ello podríamos clasificar esta obra dentro de ese segundo clasicismo del siglo IV A de C., llamado también por algunos "estilo bello", donde los cánones de belleza están mucho más dulcificados e incluso afeminados, influidos por un mundo y una sociedad afectada por las guerras del Peloponeso, después de que los hombres hubieran perdido la confianza en los dioses del Olimpo, dentro ya de unos modos de vida ciudadana, en los que el hombre se siente también atraído por una belleza formal más que conceptual, como había sucedido en la época de Pericles.

Lacoonte

Estamos ante una escultura griega, más concretamente ante el grupo escultórico del Laocoonte, realizado en época helenística, aproximadamente hacia el 250 A. de C. Fue encontrado en Roma a principios del S. XVI, e impresionó mucho por su fuerza y dinamismo a algunos escultores como, por ejemplo, a Miguel Angel. Durante mucho tiempo se consideró que era un original pero en realidad es una copia romana.
Iconográficamente el grupo representa la terrible escena que, además de Homero, también fue descrita por Virgilio en la Eneida. Se trata, sin duda, del momento en que el sacerdote Troyano Laocoonte y sus hijos son atacados por dos monstruosas serpiente que salen del agua y los rodean con sus anillos, pues, durante el asedio de Troya, Laocoonte exhortó a los troyanos a que rechazaran el gigantesco caballo de madera en el que se ocultaban los griegos. Los dioses favorables a éstos últimos, al ver peligrar sus planes de destruir Troya, enviaron dos gigantescas serpientes del mar para que se apoderaran del sacerdote y de sus dos infortunados hijos y los asfixiaran entre sus anillos (Libro de Acceso).
Así pues, la escultura es fiel reflejo del momento en que, padre e hijos, intentan desembarazarse de los dos reptiles, y es así como vemos como los músculos del tronco y los brazos de las figuras acusan el esfuerzo y el sufrimiento de la desesperada lucha, la expresión de dolor (tan anticlásica) en el rostro del sacerdote, el desvalido retorcerse de los muchachos y el modo tan magistral de paralizar este instante de agitación y de movimiento en un grupo permanente. Todo ayuda a que la escultura sea un verdadero alarde de virtuosismo técnico, desde el complicado juego de pesos y contrapesos, hasta el minucioso acabado de la superficie (Libro de Acceso)..
Todo ello fue posible a que su técnica, partiendo de las conquistas del S. IV, ha desarrollado una serie de procesos estilísticos que entonces se inician, a los que se suman otros nuevos como un mayor naturalismo, mayor amplitud de temas y un dominio superior de la materia y de las técnicas que determinan los efectos del claroscuro.
Dentro de los problemas técnicos que se le presentan al artista de esta época está el de la constitución de la materia, y que su mayor grado de libertad y avance técnico resuelve con el empleo de varios materiales, algunas veces, y los llamados valores táctiles, todo lo cual le confiere un cierto preciosismo claramente de matiz barroquizante. Así pues, vemos como el modelado denota preocupación por el problema de las texturas, que resuelve con técnicas que valoran desde el aspecto más rugoso al finísimo. Asistimos, pues, a la aparición del modelado pictórico, en donde se da más importancia al efecto que al volumen, aunque, como es natural, sin olvidar éste.
Por lo que respecta a los aspectos formales, es un grupo escultórico de composición piramidal con las figuras dispuestas de tal modo que el eje vertical de gravedad se apoya siempre sobre la masa que conforma la base. Así mismo, en la disposición de masas y volúmenes observamos un cierto contraste entre el tamaño de las figuras, estando en función del valor que tienen éstas en la composición y la distorsión de la misma. Por otra parte, todo esto nos lleva a un abandono de la ley de la frontalidad y del punto de vista único, al haberse alcanzado ya la tridimensionalidad, por lo que el artista modela con la misma minuciosidad los distintos planos visuales, atendiendo con el mismo detallismo tanto las formas esenciales como las secundarias, buscando por todos los medios producir un impacto en el espectador, y de aquí que le preocupe más el contraste que la justa proporción y armonía.
Estamos, pues, ante una obra que supone un fiel ejemplo de la escultura de la época Helenística, en donde se ha abandonado ya la madurez de estilo de la Época Clásica, en la que, después de haberse conquistado la forma y el volumen, cada parte sólo recibía la atención que se merecía, pero sin detallismo acentuado, y eliminando todo lo anecdótico y lo que no fuera esencial, al importar sólo la idea global para llegar así al ideal máximo de belleza, proporción y armonía. Todo esto empezará a cambiar en el S. III o Época Helenística, en la que se persigue, como podemos apreciar aquí, un mayor realismo, dramatismo y movimiento exagerado, al mismo tiempo que no existe una única idea, sino que el artista se entretiene en cada detalle hasta conseguir el virtuosismo de las formas, exagerando el valor pictórico, el contraste y los valores táctiles, llegando a conseguir todo ello gran aceptación en esta época en las distintas escuelas.
Por sus características peculiares podríamos encuadrarla dentro de la Escuela de Rodas, por caracterizarse ésta, sobre todo, por un gusto a plasmar grandiosos grupos escultóricos, destinados muchos de ellos a embellecer los planes urbanísticos de las ciudades helenísticas.

Zeus o Poseidón

Nos encontramos ante una escultura de bulto redondo y lo más probable de tamaño natural.
Su temática es religiosa, ya que se trata de la representación de un dios de la antigüedad griega, en este caso Zeus o Poseidón lanzando el rayo o tridente, rasgo que no podemos constatar al haber desaparecido este elemento, y por lo que su identificación se hace imprecisa. Iconográficamente vemos al dios, ya maduro, ostentando una larga barba y a punto de lanzar el rayo o tridente, respectivamente, atributos propios de Zeus o Poseidón, el primero como dios del firmamento, el segundo del mar.
Técnicamente vemos que se ha perdido ya la frontalidad y el hieratismo de los primeros momentos del arcaísmo griego, ganando en movimiento conseguido a través de esa posición de tres cuartos y por la actitud de lanzamiento del objeto que portaría en la mano derecha. Así mismo, se ha conseguido una cierta expresión del rostro, aunque ésta se caracterice por su severidad y un perfeccionismo técnico que tiende a reproducir las formas copiadas de la realidad, hecho que queda constatado en el naturalismo de los volúmenes del cuerpo y rostro, salvo en el esquematismo de los cabellos.
Por todas estas características podríamos clasificar esta escultura dentro del mundo griego, y más concretamente en la época del arcaísmo maduro o Estilo Severo que comprende, más o menos, la primera mitad del S. V a. de C. (500-450), en la que ya el artista ha conquistado la forma, mira e intenta imitar las formas de la naturaleza a través de un modelado plástico en la mayoría de las partes de la misma. Así pues, tiende a los amplios volúmenes, aunque todavía exista cierto geometrismo en el cabello. Las formas se insinúan, se independizan unas de otras, aunque aún predomine el punto de vista único. Ha desaparecido ya la sonrisa arcaica, aunque todavía encontremos demasiada solemnidad en los rostros, reflejada en esa expresión ausente y pensativa del personaje, esa expresión que impone respeto y hace pensar al observador. Teniendo en cuenta la época de que data, observamos también que la cabeza se tuerce atrevidamente, creando ese juego de luces y sombras en los músculos del cuello, lo que demuestra el avanzado conocimiento en anatomía, y la forma de plasmarlo en los varios planos de la obra.
El material empleado fue el bronce, modelado mediante el sistema de vaciado en molde de la obra primitiva, material que fue muchas veces preferido por el artista griego para sus obras, aunque muchas de ellas nos hayan llegado en mármol por ser réplicas de época romana. No obstante, al igual que en los templos griegos, la escultura, ya en piedra o en bronce como ésta, aparece bellamente policromada como nos demuestran algunos restos de pintura que han dejado su huella en ésta.
Esta obra ha sido atribuida a Agelada de Argos (Maestro de Policleto), ya que éste fue uno de los mejores broncistas de la 1ª mitad del S. V, dentro del llamado arcaísmo maduro cuando ya se han dejado de lado las concepciones extremadamente austeras del primer arcaísmo y se ha tendido hacia una simplificación de la naturaleza.

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Este texto es propiedad original y exclusiva
del Lic. José Manuel Guardia Villar.

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