El
Partenón:
Nos
encontrarnos ante una manifestación arquitectónica de asunto
religioso, al tratarse de un templo griego, en este caso concreto, el
famoso Partenón, mandado construir por Pericles en la Acrópolis
de Atenas y consagrado a la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Fueron
sus artífices los arquitectos Ictinos y Calícrates y su
realización tuvo lugar durante la segunda mitad del S.V A. de C.
En cuanto a su clasificación, podemos decir que, por las columnas
que presenta al frente, ocho en total, estamos ante un templo octástilo;
períptero, por encontrarse la naos rodeada de un peristilo o pasillo
exterior de columnas; y a su vez anfipróstilo por tener dos pórticos,
uno en cada una de sus fachadas.
Por
lo que respecta a sus elementos constitutivos, descubrimos una planta
rectangular tripartita, dividida longitudinalmente en pronaos (pórtico
situado delante del santuario), naos o cella (habitación o parte
esencial del templo dedicada a guardar la imagen de la divinidad, en este
caso, la de la diosa Atenea), y opistodomos (parte posterior de la misma
dedicada a guardar los objetos de culto). Esta planta se levanta sobre
una plataforma o crepidoma sobre la que descansan los elementos sustentantes
y se accede a ella por tres gradas que conforman una escalinata o estilobato
que rodea el templo.
Por su estructura, debernos destacar que no se trata de una construcción
nueva, sino que tiene sus orígenes en la estructura de la casa
micénica o megarón prehelénico (casa civil de los
aqueos), que fue adoptada más tarde por los dorios en Grecia, aunque
esta vez, como morada de los dioses.
En
cuanto a los elementos sustentantes, observamos como corresponden al orden
dórico, constando así la columna de un fuste estriado de
arista viva, formado por tambores fijados entre si por tacos; sin basa,
y capitel con collarino, equino y ábaco.
El orden dórico, juntamente con el jónico y corintio, es,
sin duda, de pura creación griega, pero es preciso destacar, sin
embargo, que de los tres, el primero es el más empleado hasta la
época helenística, por ser el más sobrio de todos.
En cualquier caso, no podemos decir que se trate de un templo completamente
dórico, ya que inmerso en el conjunto encontramos un elemento jónico,
como es el friso corrido interior, que recorre la pared del peristilo
alrededor del templo, donde se encuentra la famosa procesión de
las panateneas, perteneciente, cómo no, a la escuela fidiaca.
Como corresponde al orden dórico, y por lo que respecta a los elementos
sustentados, podemos hablar de un entablamento con arquitrabe monolítico
(a diferencia por ejemplo del jónico que se compone de tres piezas
superpuestas); de un friso, que a su vez muestra, a diferencia del jónico
que es corrido, una división en triglifos y metopas (estructura
que tuvo sus orígenes en las antiguas estructuras de madera, correspondiendo
el triglifo a la cabeza de viga y las metopas al espacio que queda entre
ellas); y finalmente, la cornisa. Sobre ella nos encontramos ya con la
cubierta, siendo ésta al exterior a dos aguas y engendrando juntamente
con la cornisa un espacio triangular o frontón decorado en ambas
fachadas. Al interior, la techumbre es plana, por lo que estamos ante
una estructura arquitrabada o adintelada.
Si
lo comparamos con otros templos de épocas anteriores, comprobamos
que el Partenón constituye la evolución de una serie de
características aplicadas en los mismos, en el que se ha tendido
a conseguir un todo armónico para la vista del que lo contempla,
aplicando para ello toda una serie de correcciones ópticas, pues
al ser el ojo humano una lente convexa, al contemplar una arquitectura
en perspectiva, las líneas rectas se ven curvas, al mismo tiempo
que, al incidir directamente la luz del sol más en unas partes
que en otras, éstas tienden a adelgazarse, aparentando más
voluminosas aquellas que quedan en la obscuridad. Atendiendo a esto, el
arquitecto griego convierte las líneas rectas en curvas, y de esta
forma corrige las deformidades producidas por la visión del ojo
humano para que éste las vea rectas. Es así, pues, como
el estilobato y el entablamento aparecen ligeramente combados más
en el centro que en los extremos. La columnas exteriores se inclinan hacia
dentro, y el intercolumnio entre las columnas de los ángulos y
las siguientes a éstas, es menor que en el resto del conjunto.
Asimismo, y como ya apuntamos, la luz incide sobre la materia y la adelgaza
en aquellas partes en que se proyecta con más fuerza, razón
por la cual el fuste tiene un éntasis, o convexidad, a un tercio
de la base, donde precisamente incide más la luz solar. El resultado
de todo ello es una ilusión de verticales y horizontales rigurosamente
rectas a la vista humana.
Estamos, pues, ante una obra en la que sus arquitectos actuaron más
como pensadores que como puros técnicos, y es que, no podemos olvidar
que nos encontramos en la época de Pericles, en la que el predomino
del ideal de belleza platónico en todas sus manifestaciones artísticas
es una constante, y por lo que éstas tienen que ser un fiel reflejo
del mundo de las ideas. Con tal objetivo, el mundo griego busca este ideal
de belleza en la proporción, el canon o medida y en la armonía
y ritmo, y al aplicar estos principios intenta conseguir la absoluta perfección.
Por otra parte, vemos como el número de columnas en los lados laterales
es el doble que al frente más una, es decir, diecisiete, pues,
para el griego de la época clásica, y por el sentido de
perfección que buscaban, el rectángulo perfecto debía
de tener estas proporciones. Así mismo, se aplica un módulo
de medida en persecución de la armonía perfecta, al conseguir
la integración de las partes en el todo a través de unas
relaciones numéricas, puesto que, como ya apuntábamos, es
en esto también en donde reside su ideal de belleza. Por lo tanto,
en este sentido, podemos decir que se trata de una obra de pensadores,
un estudio de proporciones y correcciones ópticas, además
de una obra de arquitectura.
El material utilizado para esta obra fue el mármol del pantélico
(anteriormente se habían realizado también otros de piedra),
que se caracteriza por una pátina dorada adquirida por el pasar
del tiempo. No obstante, no podernos concebirlo monocromo, puesto que
sus templos se caracterizaban por una viva policromía, posiblemente
heredada de los cretenses. Sobre todo se aplicaban tonos fuerte y vivos
como verdes, azules y rojos intensos, en muros y columnas, con un color
fijo para cada parte, simbolismo que no hemos llegado a conocer, y que
por haberse perdido casi totalmente con el pasar del tiempo, es por lo
que hoy en día los llegarnos a asociar a una falsa imagen de serenidad
y mesura griegas.
Por lo que se refiere a los elementos formales, tenemos una composición
bilateral en torno a un eje, que divide la arquitectura en dos mitades,
correspondiéndose completamente la una con la otra, pues, como
ya hemos dicho, es éste un estudio de proporciones y armonía.
Pese a ello, y aún siendo una composición bilateral, dentro
del mundo griego descubrimos el concepto de tiempo circular, que nos es
dado por el peristilo, y que se afianza, sobre todo, por el friso que
está sobre el muro del mismo. En él se encuentra el relieve
de la procesión de las Panateneas que avanza hacia la asanblea
de dioses. Ésta era una fiesta que se realizaba cada cuatro años
(sobre julio-agosto), en la que las doncellas vírgenes ofrecían
el peplos o túnica a la diosa Atenea, a la que estaba consagrada
el templo. Este concepto de tiempo cíclico, que se repite, y asociado
al círculo, sin principio ni fin, se contrapone al de los romanos,
que era longitudinal e historicista, con un aquí y un ahora, en
el que tenían lugar sus hazañas, y éstas eran representadas
en relieves para conmemorar una vida honorífica con un fin glorioso.
En cuanto al espacio, el imperante aquí es el externo, apreciándose
como toda la decoración se vuelca al exterior en acróteras
sobre el tejado, así como en los relieves de metopas y frontones.
En el interior solamente se encontraba la estatua de la diosa, en este
caso Atenea, con lanza y casco, semejante a como nació de la cabeza
de Zeus, por lo que era considerada como diosa de la razón y de
la guerra. Asistimos, pues, a una escultura en función de la arquitectura,
salida toda ella del taller de Fidias, habiendo utilizado para la gigantesca
estatua la técnica crisolefantina. Este hecho nos revela que el
espacio interno se reservaba para la diosa, siendo considerado el templo
como su morada entre los mortales, no pudiendo por ello acceder los fieles,
la entrada quedaba restringida sólo a sacerdotes y altos dignatarios.
Pero como el pueblo griego tenía el sentido de la ofrenda en común,
éstas se realizaban en un pequeño altar o ara (timele),
que estaba ubicada delante del templo, y era donde tenían lugar
los sacrificios.
Tanto el Partenón como los otros templos que han llegado hasta
nosotros (el Erecteion, Niké Aptera), estaban situados sobre un
espacio sagrado o temenos, aislado del espacio profano por una pequeña
muralla, y al que se accedía por una entrada monumental con escalinata:
los Propileos. Normalmente se elegía para su ubicación una
pequeña colina que dominaba la ciudad, en este caso la Acrópolis,
y es que no podemos olvidarnos tampoco del simbolismo que siempre tuvo
en la antigüedad "la montaña sagrada", como lugar
donde moraban los dioses. Así, respondiendo a esta idea, teníamos
en épocas anteriores el Zigurat y las Pírámides como
morada del espíritu en su vida de ultratumba.
Por todas estas características, no cabe duda de que nos encontramos
en la época de mayor esplendor de la arquitectura griega: la Grecia
de Pericles, entre las Guerras Médicas y las del Peloponeso, y
ante un arte patrocinado por el mismo, ya que con su muerte, y sumergida
Atenas en otra época completamente diferente a la que se llega
tras las Guerras del Peloponeso, el arte griego empieza a cambiar. Esto
nos afianza más en la idea de que la acrópolis de Atenas
es la obra de un solo hombre, un tirano amante de la perfección.
Nos encontramos, pues, ante el primer clasicismo griego, donde el mayor
afán es una lucha contra lo bárbaro y lo irracional, por
ello impera en esta arquitectura la razón, debiendo tener en cuenta
también el cambio producido con respecto a las proporciones de
la arquitectura egipcia y mesopotámica, ya que ahora se construye
a escala humana, por ser considerado el hombre la medida de todas las
cosas.
Templo
de la Niké Áptera.
Nos encontrarnos ante una manifestación arquitectónica de
asunto religioso, al tratarse de un templo griego, en este caso concreto,
el TEMPLO DE LA NIKÉ ÁPTERA, mandado construir por Pericles
en la Acrópolis de Atenas y consagrado a la Victoria. Su realización
tuvo lugar durante la segunda mitad del S. V a. de C., en señal
de acción de gracias y para conmemorar la gran victoria sobre los
persas.
En cuanto a su clasificación, podemos decir que, por las columnas
que presenta al frente, cuatro en total, estamos ante un templo tetrástilo;
seudoperíptero, por carecer de peristilo o pasillo exterior de
columnas; y a su vez anfipróstilo por tener dos pórticos,
uno en cada una de sus fachadas.
Por lo que respecta a sus elementos constitutivos, podemos comenzar hablando
de una planta rectangular, la cual presenta dos pórticos columnados
con cuatro columnas en cada fachada y un reducido habitáculo interior
reducido a una pequeña cella (Roma), naos (Grecia), habitación
o parte esencial del templo dedicada generalmente a guardar la imagen
de la divinidad. Esta planta se levanta sobre una plataforma o crepidoma
sobre la que descansan los elementos sustentantes, y se accede a ella
por tres gradas que conforman una escalinata o estilobato que rodea el
templo.
Analizando los elementos sustentantes, vemos en alzado la utilización
de la columna jónica, con basa, formada por dos molduras convexas
y una cóncava (toro-escocia-toro), sobre la que descansa el fuste
constituido por tambores, presentando decoración de estrías
moduladas. Dadas las reducidas proporciones del templo estas columnas
no son muy grandes; y presentan en lo alto del fuste una moldura tipo
collarino o astrágalo, viniendo a continuación el típico
capitel jónico de volutas, una a cada lado; sigue a éste
un pequeño y reducido ábaco y sobre éstos nos encontramos
ya los elementos sustentados, que constituyen el entablamento, como son
el arquitrabe, dividido en tres bandas a diferencia del jónico
que es monolítico, el friso corrido, sin separación en triglifos
y metopas, y la cornisa sobresaliendo, que junto con la cubierta a dos
aguas, hoy en día desaparecida, engendraría el frontón.
Nos encontramos, pues, ante la introducción de un nuevo orden:
el jónico, y por tanto ante un nuevo canon que, frente a la austeridad
dórica, le confiere un aspecto más grácil y delicado
al suavizarse las formas. Este orden, juntamente con el dórico
y corintio, es, sin duda, de pura creación griega, pero es preciso
destacar, sin embargo, que de los tres, el primero será el más
empleado hasta la época helenística, por ser el más
sobrio de todos. Posteriormente, Roma lo recogerá de Grecia y los
difundirá por todo el Imperio Romano, siendo utilizados en distintas
épocas por diversos estilos arquitectónicos (Renacimiento,
Neoclásico).
Por su estructura, debernos destacar que no se trata de una construcción
nueva, sino que tiene sus orígenes en la estructura de la casa
micénica o Megarón prehelénico (casa civil de los
aqueos), que fue adoptada más tarde por los dorios en Grecia, aunque
esta vez, como morada de los dioses.
El material utilizado para esta obra fue el mármol del pantélico
(anteriormente se habían realizado también otros de piedra),
que se caracteriza por una pátina dorada adquirida por el pasar
del tiempo. No obstante, no podernos concebirlo monocromo, puesto que
sus templos se caracterizaban por una viva policromía, posiblemente
heredada de los cretenses. Sobre todo se aplicaban tonos fuerte y vivos
como verdes, azules y rojos intensos, en muros y columnas, con un color
fijo para cada parte, simbolismo que no hemos llegado a conocer, y que
por haberse perdido casi totalmente con el pasar del tiempo, es por lo
que hoy en día los llegarnos a asociar a una falsa imagen de serenidad
y mesura griegas.
Por lo que se refiere a los elementos formales, tenemos una composición
bilateral en torno a un eje, que divide la arquitectura en dos mitades,
correspondiéndose completamente la una con la otra, pero, pese
a ello, dentro del mundo griego descubrimos el concepto de tiempo circular.
Este concepto de tiempo cíclico, que se repite, y asociado al círculo,
sin principio ni fin, se contrapone al de los romanos, que era longitudinal
e historicista, con un aquí y un ahora, en el que tenían
lugar sus hazañas, y éstas eran representadas en relieves
para conmemorar una vida honorífica con un fin glorioso. Si bien
aquí descubrimos también una escultura en función
de la arquitectura decorando el friso corrido que rodea al templo y en
donde se narran las hazañas bélicas contra los persas, de
gran carácter militar y conmemorativo, no obstante, es la victoria
de todo un pueblo y el triunfo sobre lo bárbaro y lo irracional,
lo que se representa, al mismo tiempo que nos meten en un espacio-tiempo
atemporal, al igual que el propio nombre de la construcción "Victoria
sin alas", es decir, es un templo conmemorativo y en acción
de gracias por esa victoria obtenida, pero también para que esa
victoria no vuele, no les abandone nunca y sea eterna.
Al volcarse toda la decoración al exterior en acróteras
sobre el tejado, así como en los relieves de metopas y frontones,
aunque aquí la mayor parte de ella haya desaparecido, no cabe duda
que el espacio imperante es el externo, reservándose el interior
sólo para la divinidad, no pudiendo por ello acceder los fieles,
la entrada quedaba restringida sólo a sacerdotes y altos dignatarios.
Pero como el pueblo griego tenía el sentido de la ofrenda en común,
éstas se realizaban en un pequeño altar o ara (timele),
que estaba ubicada delante del templo, y era donde tenían lugar
los sacrificios.
Tanto este templo de la Niké Áptera como los otros templos
que han llegado hasta nosotros (el Partenón, el Erecteion), estaban
situados sobre un espacio sagrado o temenos, aislado del espacio profano
por una pequeña muralla, y al que se accedía por una entrada
monumental con escalinata: los Propileos. Normalmente se elegía
para su ubicación una pequeña colina que dominaba la ciudad,
en este caso la Acrópolis, y es que no podemos olvidarnos tampoco
del simbolismo que siempre tuvo en la antigüedad "la montaña
sagrada", como lugar donde moraban los dioses. Así, respondiendo
a esta idea, teníamos en épocas anteriores el Zigurat y
las Pirámides como morada del espíritu en su vida de ultratumba.
Después de todo lo dicho, no cabe duda de que nos encontramos en
la época de mayor esplendor de la arquitectura griega: la Grecia
de Pericles, entre las Guerras Médicas y las del Peloponeso, y
ante un arte patrocinado por el mismo, ya que con su muerte, y sumergida
Atenas en otra época completamente diferente a la que se llega
tras las Guerras del Peloponeso, el arte griego empieza a cambiar. Esto
nos afianza más en la idea de que la acrópolis de Atenas
es la obra de un solo hombre, un tirano amante de la perfección.
Nos encontramos, pues, ante el primer clasicismo griego, donde el mayor
afán es una lucha contra lo bárbaro y lo irracional, por
ello impera en esta arquitectura la razón, debiendo tener en cuenta
también el cambio producido con respecto a las proporciones de
la arquitectura egipcia y mesopotámica, ya que ahora se construye
a escala humana, por ser considerado el hombre la medida de todas las
cosas.
El
Doríforo
Se trata
sin duda de la conocidísima estatua de bulto redondo conocida como
El Doríforo o Portador de lanza, perteneciente a la escultura griega
y realizada por Policleto, pero que nos es conocida a través de
reproducciones romanas.
El tema representa de nuevo el antiguo tema del atleta que se había
ganado el honor de ser personificado en una escultura, después
de haber sido el vencedor durante cuatro años consecutivos en los
juegos griegos. Es así como iconográfica-mente hablando,
vemos a un joven desnudo que lleva la pesada lanza en su mano izquierda,
doblado el brazo por el codo, mientras el brazo derecho cae relajado junto
al cuerpo. Su pierna derecha, plenamente apoyada, sostiene el peso, pero
la izquierda inicia un movimiento potencial, entendido como tensión
inmediata y posibilidad inminente, tiempo cristalizado en un cuerpo aún
quieto, vieja fórmula ya iniciada en el Efebo de Critio. La medida
y ponderación de fuerzas diversas conlleva una precisa articulación
del cuerpo atlético. Tal vez las copias romanas refuercen las líneas
de la cadera en ligero balance. El rostro, sereno, gira hacia nuestra
izquierda. Se ha propuesto que este cuerpo desnudo no es sólo una
abstracción, un canon, sino que encarna un ideal de héroe
aristocrático a quien corresponde una armonía superior:
tal vez Aquiles, cuya figura en contrapposto y movimiento potencial, con
los labios entreabiertos exhalando serenidad y nobleza, representó
también un gran pintor de vasos clásico, el llamado precisamente
por esta imagen Pintor de Aquiles (Ricardo Olmos).
De nuevo
estaríamos ante un arte conceptual más que formal, pero
que ahora quizás más que hablarnos de esa casta de los "aristoi",
nos estaría hablando del concepto de belleza ideal griega.
Y es que, es bien sabido que Policleto fue ante todo un pensador, un estudioso
de la proporción ideal del cuerpo humano, por lo que en un principio
determinó para éste un canon de ocho cabezas, siendo el
Doríforo el resultado de estas primeras conclusiones.
Técnicamente se ha alcanzado ya la madurez. A través de
un modelado plástico vemos como el artista ha conquistado la forma
y el volumen. La vida impregna ahora toda la figura, se pueden observar
ya unos músculos que palpitan debajo de la piel y la sonrisa arcaica
es remplazada por una expresión seria y pensativa muy característica.
Cada parte recibe la atención que se merece, pero sin detallismo
acentuado. Se elimina todo lo anecdótico, todo lo que no sea esencial,
lo que importa es la idea global. Esto viene determinado por la idea antropomorfista
que fue la que hizo que los griegos clásicos sustituyesen el mero
dominio de las formas heredadas de la tradición, por la idea de
imitación o "mímesis" como principio del arte.
A partir de este momento, las formas artísticas pasarán
a concebirse como una reproducción de las formas naturales, pero
con un nuevo sentido, siguiendo la tradición filosófica
del momento.
Desde Sócrates, la filosofía griega consistiría en
una reflexión sobre lo más abstracto de la realidad, es
decir, el ser. Para los filósofos griegos, la definición
de una cosa era lo que en ella subsistía a cualquier clase de cambios.
Una cosa era, ante todo, su definición. Como una luz, la idea nos
permite reconocer, con el ojo del espíritu, lo que una cosa es
para los ojos del cuerpo. La idea, en tanto que es lo más verdadero
de las cosas, resulta también lo más bello. Lo que vemos
en la naturaleza es más o menos bello, según se ajuste a
su idea, es decir, a su definición. Por lo tanto, las obras de
arte también alcanzarán la belleza. Y lo harán mediante
la reproducción o imitación de la definición o idea
de las cosas, no de su aspecto o de su apariencia sensible.
Es por ello por lo que el artista llegará a alcanzar el ideal máximo
de belleza a través de la generalización, teniendo en cuenta
también que este ideal de belleza para el griego reside en la proporción
y en la armonía, pues, para los artistas clásicos, igual
que para los filósofos pitagóricos, el ser de una cosa es
el número donde se resumen las relaciones constantes de dicha cosa.
El famoso canon de los artistas plásticos y los arquitectos griegos
consistirá, pues, en la razón numérica o la proporcionalidad
que guardan entre sí las distintas partes de un objeto. Por este
motivo, el modelo de belleza griego se caracteriza por su proporcionalidad
y su equilibrio. Dado que la definición o la idea de una cosa es
lo más claro, simple y completo de la misma, la belleza será
para los griegos proporción, claridad y armonía formales,
dominando por tanto en toda la obra un naturalismo idealizado.
Por lo que respecta a los elementos formales, el Doríforo supondrá
también un paso revolucionario en favor de la absoluta liberación
de la estatuaria griega clásica. Todavía sigue existiendo
esa simetría axial en donde las distintas partes de la obra se
organizan alrededor de un único eje de simetría, pero ahora
Policleto no sólo ha conseguido la tridimensionalidad de la composición,
liberándola de la frontalidad, sino también una perfecta
compensación de masas, y sobre todo el contrapposto, a través
del cual una pierna apoyada sostiene el mayor peso del cuerpo liberando
así la otra pierna, los brazos y la articulación de la cadera.
A su vez, éste ha impregnado a toda la composición de un
mayor énfasis; la diferenciación entre la mitad izquierda
y la derecha del cuerpo puede verse en cada músculo, y la inclinación
de la cabeza, es aquí también muy pronunciada. Incluso se
podría decir que el contrapposto es aquí el descubrimiento
fundamental, porque sólo aprendiendo a representar el cuerpo en
reposo de esta manera, pudo el artista griego aprender a representar el
movimiento.
Por todas estas características, no cabe duda de que nos encontramos
en la época de mayor esplendor de la escultura griega: la Grecia
de Pericles, entre las Guerras Médicas y las del Peloponeso, y
ante un arte patrocinado por el mismo, ya que con su muerte, y sumergida
Atenas en otra época completamente diferente a la que se llega
tras las Guerras del Peloponeso, el arte griego empieza a cambiar. Esto
nos afianza más en la idea de que el arte de esta época
responde más que nada al ideal de un solo hombre, un tirano amante
de la perfección. Nos encontramos, pues, ante el primer clasicismo
griego, 2ª mitad del S. V a. C., donde el mayor afán es una
lucha contra lo bárbaro y lo irracional, por ello impera en esta
obra la razón, en la que Policleto actuó más como
un pensador, debiendo tener en cuenta, también, el cambio producido
con respecto a las proporciones, pues ahora todo se hace a escala humana,
por ser considerado el hombre la medida de todas las cosas.
Después de todo lo dicho, podríamos añadir que este
estudiado equilibrio, la precisión del detalle anatómico
y, por encima de todo, las armoniosas proporciones de la figura, convierten
al Doríforo en la encarnación normativa del ideal clásico
de la belleza humana, es decir, en el canon.
Koré:
Nos encontramos ante
una manifestación artística escultórica. Se trata
de una Koré, escultura griega de piedra, cuyas formas no se basan
en la realidad, sino, como todo arte griego, en un concepto, idealizado
de la humanidad. En este caso, representa a la casta, al linaje que encarnan
los Aristoi, que fueron durante este período arcaico la representación
del poder griego, y que empiezan a ser representados en el S.VII A. de
C., por lo que a esta representación a comentar podríamos
situarla dentro de ese primer arcaísmo de la escultura griega,
y con una cronología del S. VI A. de C.
El origen de las Korés podríamos encontrarlo en los antiguos
postes de madera, que se adoraban como una simple representación
de algún dios (xoanas), y a los que poco a poco se le fue dotando
de caracteres humano mediante la inserción de detalles esculpidos
en la madera. Su evolución nos lleva hasta las series de Kuroi
y Korés de piedra, que siguen guardando la rigidez del poste o
columna de la que provienen.
Desde esta configuración, podernos apreciar que sus características
están igualmente relacionadas con el arte egipcio, del que aún
parecen guardar deuda. Encontramos por tanto el geometrismo en las formas,
sobre todo en el cabello; la utilización de la ley de la frontalidad
como único punto de vista; el hieratismo o ausencia de movimiento
que las dota de una gran rigidez; el escaso volumen que no hace apenas
distinción entre formas; la carencia de naturalismo que aporta
la suma de las citadas características, la expresión hipnótica,
con la mirada fija y alta, y la típica sonrisa arcaica que aparece
como un pequeño intento de dotarlas de una expresión y que
queda en una risa forzada, un rictus carente totalmente de naturalidad.
Propiedades todas del periodo arcaico de los primeros tiempos de Grecia.
No obstante,
podemos apreciar en los pliegues de las túnicas un intento de superación
de esa rigidez, que se suaviza en las últimas etapas del arcaico,
aunque sin perderlo del todo; así como en el movimiento que se
intenta constantemente, sin que se llegue a lograr hasta el todavía
lejano Doríforo de Policleto con la utilización del famoso
contraposto. Por otra parte, y al igual que en los templos griegos, las
Korés aparecen bellamente policromadas.Las
Korés se destinaban a las ceremonias de culto y su representación
responde a aquellas doncellas vírgenes que en los rituales griegos
iban como oferentes. Algunas vestían el peplos, túnica sencilla
que se ceñía al cuerpo con un cinturón, y otras usaban
el jitón, tratándose éste de una túnica más
ceñida, adornada y compleja, de la que emergen pliegues más
desarrollados y que las dota de una majestuosidad y elegancia, desembocando
en el estilo llamado "paños mojados", el cual dejaba
entrever sutilmente las formas del cuerpo y que fue, sin duda, el antecedente
del desnudo completo femenino.
Como versión
masculina, aparecen los Kuroi, y a diferencia de las Korés, aparecen
totalmente desnudos, con las formas del cuerpo ya insinuadas, aunque continuando
con un volumen plano, que se va conquistando, y la misma falta de naturalismo.
En los Kuroi se individualiza ya cada parte, guardando el geometrismo
y la falta de expresión. Su posición es rígida, con
los brazos pegados al tronco y el pie izquierdo ligeramente adelantado
(recordemos la posición de las estatuas egipcias). También
el tema varía, puesto que representan al atleta que se ganaba el
honor de ser personificado en una escultura, sólo cuando había
sido el vencedor durante cuatro años consecutivos en los juegos
griegos; no obstante, sigue en éstos imperando el sentido de un
arte conceptual, en el que se da más importancia al concepto que
a la forma bella, por lo que aún no podemos hablar de una representación
fiel de la realidad, sino de puro concepto de lo que representan: la casta
de los aristoi, que eran los únicos que podían ejercitarse
en los juegos atléticos y en las armas. La
aparición de estas series de esculturas arcaicas griegas, significa,
pues, el afianzamiento de una civilización cuyos valores eran primordialmente
guerrero y heroico, propios de un pueblo de origen indoeuropeo, los dorios,
que invadieron Grecia hacia el año 1.100 A. de C., terminando con
la cultura aquea.
Progresivamente, la escultura griega, se centrará en la representación
perfecta del cuerpo humano, y buscará la armonía de proporciones
en un canon, o módulo. Así pues, de la rigidez de este periodo
arcaico, se pasará a la consecución de una belleza idealizada
en el periodo clásico, y más tarde, se conseguirá
el movimiento y la expresividad máxima en el helenismo, donde aparece
también el retrato, y con el que se cierra el ciclo del arte griego.
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