Sección 01 Historia del Arte

Arte mesopotámico (3ra parte)

Imagen del Lic. José Manuel Guardia Villar
por el Lic. José manuel Guardia Villar
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5.- Artes menores.

La pintura se merece un apartado a parte aunque sea breve. Nos referimos a la pintura monumental, sobre las paredes de los palacios, porque la pintura sobre los vasos ofrece una problemática diferente, ligada a la de las artes llamadas “menores”. Es cierto que lo perecedero connatural a ese género de arte condiciona nuestros conocimientos: lo que nos queda es demasiado escaso, esporádico y casual para darnos una idea adecuada del conjunto. Los testimonios, sin embargo no faltan sobre todo en dos conjuntos: el de Mari, que se remonta al II milenio y el de Til-Barsip, del siglo VIII a. C..

En Mari, la sala de audiencia del palacio estaba decorada con un importante conjunto mural, que se distribuía en cinco órdenes o registros, creando un grandioso conjunto. Lo que queda está en ruinas, y con lagunas tales que causan grandes dificultades para interpretarlo, dado que las representaciones parecen inspiradas en la vida cotidiana de la corte, pero con la finalidad celebrativa típica del arte parietal, y con temas que en su mayor parte están fuera de la narración histórica. Se trata, de hecho, de escenas rituales y de sacrificio, insertadas a menudo en un ámbito puramente decorativo. También la más importante de estas escenas, la que representa la investidura del soberano por la diosa Ishtar, presenta las mismas características como patentiza el contexto convencional de palmas, vasos chorreantes y animales alados. Pero no siempre es así: hay una figura aislada de guerrero atravesado por flechas; y otra de un personaje que empuña una corta espada, de la que es lógico deducir que los temas guerreros formaban parte del patrimonio pictórico de Mari.
Esto se verifica después ampliamente en época asiría, cuando Tiglatpileser III manda construir el palacio de Til-Barsip. Existen escenas de audiencia del soberano, ante el cual se presentan los dignatarios y los soldados victoriosos con el botín de la guerra y los prisioneros; y hay escenas más cruentas, como el hundimiento de los vencidos al carro del rey y su decapitación. El hecho notable es que Til-Barsip es una residencia periférica del soberano, en la zona septentrional de Siria, y por tanto es posible que la pintura se usase en los límites del imperio asirio más que en sus capitales, que fuese un medio casi provinciano, un recurso para repetir las manifestaciones artísticas de los centros más grandes. Sobre esta hipótesis pesa la reserva impuesta por la escasez de datos existentes; sin embargo es interesante porque indica una de las posibles formas en que se diferenciaban dos géneros que con seguridad fueron complementarios, el relieve y la pintura de las paredes de los palacios.

Más allá de la pintura parietal se extiende el mundo de las artes convencionalmente llamadas “menores”: concepto harto discutible, del cual puede ser interesante verificar su consistencia en el mundo mesopotámico. En un arte fundamentalmente cortesano, realizado al servicio del poder y de la fe, es evidente que la monumentabilidad de una serie de productos tiende a incluirse en la categoría de artes “mayores”; pero otros productos, igualmente de inspiración áulica vana confluir en la categoría de artes “menores” como testimonian las joyas y los marfiles.
De todas formas es verdad que una gran parte de la producción “menor”, desde los sellos a los amuletos, de los pequeños bronces a las figuras de terracota, por no hablar de los recipientes de cerámica, responde a una demanda popular, privada, de función común y de culto doméstico. En este sector se nos ofrece la posibilidad de obtener algo de luz sobre la sociedad no cortesana, que las artes “mayores” no dejan ver claramente. En tal sentido, reviste una importancia primaria la sigilografía; es decir, el estudio de los sellos tallados en roca dura. Se trata, en origen, de instrumentos de autentificación, hechos para ser impresos como una firma sobre arcilla fresca. De la forma cónica de los sellos más antiguos se pasa al tipo cilíndrico, que es el que domina y caracteriza por sí solo, con miles de ejemplares, la producción artística de Mesopotamia. Ignoramos casi todo sobre la técnica de los talladores mesopotámicos: cinceles y buriles de bronce o cobre para la piedra calcárea, pero no eran adecuados para la dureza de la diorita o el basalto, piedras en las que se labró la mayor parte de los sellos existentes. De manera que, hasta el tardío descubrimiento del acero, se debieron servir de rocas más duras, como el sílex o el cuarzo. Con seguridad, la incisión se efectuaba con gran cuidado en toda la superficie cilíndrica, y estando en negativo, determinaba en positivo, cuando se hace rodar el cilindro-sello sobre la arcilla, escenas que muchas veces son complicadas, realizadas con gran variedad y finura de detalles. Algunos temas aparecen con frecuencia: el héroe que lucha y vence a las fieras; la defensa del rebaño y la derrota de los enemigos por parte del soberano; filas de corderos y bueyes; cruzamientos de figuras, esquematizadas a menudo en formas decididamente ornamentales y fantásticas. Las grandes tendencias del arte mesopotámico –simetría, ornamentación, simbolismo, presentación de lo sobrenatural- se afirman plenamente en este género del arte. No se encuentra, sin embargo, uniformidad; antes bien, se asiste a rápidas y decididas evoluciones de estilo, que van caracterizando las diferentes épocas.
El amuleto tiene una estrecha relación con el sello, tanto por la frecuente coincidencia del material y de la técnica como por el uso del sello como amuleto. Pero la distinción fundamental pertenece. Se puede emplear como amuletos simples piedras, a cuya naturaleza (valor, color y dureza) van unidas virtudes particulares: así la piedra blanca va bien para la lecha y el mal de ojo; el ágata y el ónix, por sus formas parecidas al ojo humano, ejercen una destacada función mágica contra las fuerzas maléficas. A veces, las piedras aparecen modeladas como animales, y así hacen la función de amuletos. Otras veces, llevan gravados signos mágicos que aseguran buena suerte y el alejamiento de la mala fortuna: el cuerno, la cruz, el árbol.
El trabajo del metal; precoz en Mesopotamia, conduce pronto a la producción de objetos de dimensiones reducidas pero de elevado valor. Ya en periodo sumerio, un vaso de palta del rey Entemena de Lagash aparece finalmente grabado con figuras de animales reales y fantásticos. La necrópolis de la I dinastía de Ur, recordantes, ha aportado un “tesoro” de objetos en los que el oro y la plata se combinan a menudo con la madera, mientras las piedras preciosas, las conchas y sobre todo el lapislázuli determinan un arte que se vale claramente de la diversidad de los materiales empleados: arte polimatérico, en suma. Las arpas de madera con cabeza de ciervo o toro, o bien en oro y lapislázuli; los carros con elementos decorativos en forma de busto de león o de toro, también en oro o plata con incrustaciones de lapislázuli y conchas:; los machos cabríos de cuerpo de madera recubierto con láminas de oro y plata, incrustados de la misma manera: estos son los componentes del “tesoro” de Ur, muy reconocible en sus características típicamente mesopotámicas. En cambio son más genéricos otros productos en metales preciosos, como armas, vajillas y joyas. En Mesopotamia, especialmente en la ciudad de Nimrud, se han hallado numerosos ejemplos de marfiles elegantemente trabajados. Pero en este caso, como en el de muchas joyas y copas de metal, las recientes investigaciones han demostrado que son importadas de Fenicia, donde talleres especializados trabajaban para abastecer a todo el próximo oriente.
El trabajo de la terracota es el que más directamente se abre a las corrientes populares, no áulicas del artesanado. Numerosas figuras modeladas con molde o a mano acompañan todo el curso de la producción y se reconocen por su ruda pero viva inmediatez: la diosa desnuda con las manos en el pecho, símbolo de al fecundidad; animales reales y fantásticos, que responden a las exigencias de un pequeño culto tejido de supersticiones; placas en relieve con representaciones mitológicas o mágicas, como las cabezas de los demonios más temidos y venerados. Por otra parte, el uso de la terracota para hacer vasos, a menudo sabiamente decorados, tiene en Mesopotamia una tradición antiquísima, que se remonta a épocas prehistóricas: hasta el punto de que son precisamente las formas y decoraciones de los recipientes las que subministran los medios para clasificar y subdividir las épocas. En época histórica la cerámica pierde significado y a menudo valor; pero existen periodos de gran florecimiento y en este sentido Asiría ofrece los últimas testimonios notables.
También las artes menores, finalmente, sirven para difundir la cultura artística mesopotámica. Pero en algún caso la situación es compleja, a causa de corrientes alternas de amplio alcance. Esto se verifica a propósito de los sellos: desde el principio se encuentran también en la región iraní, y no se ha demostrado que procedan de Mesopotamia. Esto vale también a propósito de os marfiles, para los que ya hemos señalado su verosímil procedencia fenicia, con la afirmación consiguiente de una corriente común a todo próximo oriente, en la cual Mesopotamia ejerce siempre una función activa. En lo que se refiere a la identificación del arte mesopotámico, los sellos subministran grandes posibilidades. Aquí la tipología autónoma y característica se suma a la tradicional iconografía de Mesopotamia. Pero en el fondo, todos los aspectos menores de este arte son fácilmente reconocibles: desde amuletos, que sintetizan al máximo los fines mágicos, hasta los metales donde se manifiesta plenamente su vocación ornamental; desde las terracotas decoradas, que perpetúan cultos remotísimos de fecundidad y de la Tierra, hasta cerámicas, que conservan tradiciones decorativas milenarias.

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