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Desde el arte (hacia los jóvenes). 5ta parte.
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por Elios Buira |
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Castillo pone el énfasis en la originalidad de ese artista de San Pedro; voy a transcribir entonces un fragmento del capítulo segundo de "Plexus", cuyo autor, Henry Miller, es uno de los mayores santos de mi devoción literaria y quizás nos ayude a ver un poco más acerca de este tema tan complejo que es la originalidad y al que muchísimos pensadores trataron de todas las maneras posibles. Una y otra vez Van Gogh dice que no desea otra cosa que llevar una vida sencilla. Solo es extravagante en el uso de los materiales. Todo pasa por su arte. Es un sacrificio tan absoluto, que en comparación, las vidas de la mayoría de los pintores parecen apagadas y sin valor. Van Gogh sabe que nunca lo reconocerán en vida; sabe que nunca recogerá el fruto de su trabajo. Pero, ¡tal vez su renuncia facilite las cosas a los artistas del futuro! Ese es su deseo más profundo. De mil formas diferentes dice: <Para mí no espero nada. Nosotros estamos condenados. Nosotros vivimos fuera de este tiempo.> Sabemos que durante mucho tiempo Van Gogh se abstuvo de usar el color, que se forzó a sí mismo a trabajar con lápiz, carbón, tinta. También sabemos que empezó estudiando la figura humana, que intentó aprender de la Naturaleza. Sí, se ejercitaba para leer lo que estaba oculto bajo la concha. Se asoció con los pobres y los humildes, con obreros reprimidos, con parias. Adoraba al campesino y lo ensalzaba más que al hombre culto. Estudiaba la forma de las cosas, el tacto de los objetos. Se familiarizó con todo lo común y cotidiano para poder más adelante, cuando hubiera adquirido la destreza y la técnica necesarias, representar ese mundo de lo ordinario, de lo vulgar, de lo cotidiano a la luz de una realidad divina. Lo que Van Gogh deseaba era volver familiar en sentido nuevo -en sentido eterno, por decirlo así- ese mundo más que familiar. Quería mostrar que no estaba revestido de mal ni de fealdad, que nunca era monótono y aburrido, que basta mirarlo con ojos amorosos para reconocer su esplendor y magnificencia. Y, cuando hubo realizado eso, cuando nos hubo dado una nueva tierra, descubrió que ya no podía hacer frente al mundo: buscó voluntariamente un refugio, un manicomio. En esas cartas maravillosas en que Van Gogh relata sus descubrimientos sobre las leyes del color (la mayoría de las cuales formuló Delacroix), trata con cierto detenimiento del uso del blanco y del negro. No hay que abstenerse de usar el negro. Hay muchas clases de negro. ¿Acaso no usaron el negro Rembrandt y Franz Hals?, pregunta.¿Y también Velázquez?. No simplemente el negro, sino veintisiete clases diferentes de negro. Todo depende de la clase de negro y de cómo se lo usa. Lo mismo ocurre con el blanco. (Utrillo no iba a tardar en confirmar las apreciaciones de Vana Gogh. ¿Es que no sigue siendo su época blanca la mejor?). Cuando el siglo XIX se derrumbó en el campo de Armageddón, las últimas barreras quedaron hechas pedazos. Los artistas demoníacos que sobresalieron en ese siglo contribuyeron a la destrucción del pasado tanto como los estadistas y militares, los financieros y los industriales, los revolucionarios y los propagandistas que prepararon el terreno para la derrota. La guerra de 1914 pareció el final de algo; sin embargo, sólo fue la culminación de algo que hacía tiempo que se preparaba. En realidad, abrió vastos horizontes nuevos. Mediante su obra de demolición dio salida a nuevos y vastos campos de energía. El período que va de la Primera a la Segunda Guerra Mundial es rico en producciones artísticas. En ese período, en el que el mundo estaba a punto de verse conmovido hasta los cimientos por segunda vez, era en el que yo estaba formándome. Fue un período difícil en primer lugar porque había que encontrar la forma exclusiva con las propias fuerzas, con las propias facultades. La sociedad, desgarrada por toda clase de disensiones, ofrecía al artista todavía menos apoyo y aliento que en la época de Van Gogh. La propia existencia del artista estaba amenazada. Pero,¿Es que no estaba amenazada la existencia de todo el mundo? Al salir de la Segunda Guerra Mundial, existe la vaga sensación de que la propia tierra está amenazada de extinción. Hemos entrado en otra era apocalíptica. El espíritu del hombre está convulsionado como la propia tierra en períodos geológicos antiguos. La muerte es lo que nos estamos sacudiendo de encima: la rigidez de la muerte. Deploramos el espíritu de violencia prevaleciente, pero para romper las ataduras de la muerte hay que impulsar el espíritu del hombre. Las posibilidades más deslumbrantes nos envuelven. Estamos imbuidos e investidos con facultades y energías insospechadas hasta ahora. Estamos a punto de vivir de nuevo como seres humanos, con la plena grandeza que la palabra humano entraña. La heroica obra de nuestros predecesores parece ahora el trabajo de víctimas de sacrificios. No es necesario que nosotros repitamos sus sacrificios. Lo que debemos hacer es gozar de los frutos. El pasado yace en ruinas, el futuro se abre incitante.¡Tomad este mundo cotidiano y abrazadlo! Eso es lo que el espíritu insta a hacer. ¿Qué mejor mundo puede existir que este en que tenemos plena responsabilidad, todos y cada uno de nosotros?¡No trabajéis para los hombres del futuro!¡Dejad de trabajar completamente y cread! Pues la creación es juego, y el juego es divino. Ese es el mensaje que recibo siempre que leo la vida de Van Gogh. Su desesperación final, que acabó en la locura y el suicidio, podría interpretarse como impaciencia divina. <El Reino de Dios está aquí>, exclamaba. <¿Por qué no entráis?>. Un pequeño exceso de luz, de energía (aquí en la tierra) y dejas de ser apto para vivir en la sociedad humana. La recompensa del visionario es el manicomio o la cruz. Parece como si nuestro hábitat natural fuera un mundo gris y neutral. Así ha sido durante mucho tiempo. Pero ese mundo, ese estado de cosas está acabándose. Nos guste o no, con anteojeras o sin ellas, nos encontramos en el umbral de un mundo nuevo. Nos vamos a ver obligados a entender y aceptar... porque los grandes luminares que apartamos de entre nosotros han trastornado nuestra visión. Vamos a ser testigos de esplendores y horrores, alternativa y simultáneamente. Vamos a ver con mil ojos, como la diosa Indra. Las estrellas avanzan hacia nosotros, hasta las más distantes. Pero, si fuéramos verdaderamente humanos, seríamos capaces de todas las cosas, estaríamos listos para todas las emergencias, conoceríamos todas las condiciones del ser. Deberíamos recordarnos diariamente, repetir como una letanía, que en nuestro ser se encuentra encerrada toda la gama de la existencia. Deberíamos dejar de adorar e inspirar adoración. Ante todo, deberíamos dejar de aplazar el acto de llegar a ser lo que de hecho y en esencia somos. <Prefiero>, escribió Van Gogh, <pintar los ojos de los hombres a pintar catedrales, porque hay algo en los ojos de los hombres que no existe en las catedrales, por majestuosas e imponentes que éstas sean...> Castillo termina hablando de la originalidad del artista. Cuando graba en la piedra semejantes maravillas, cuando cuenta las historias que deja para los tiempos, el tipo no tenía el conocimiento racional del cual disponemos hoy, tampoco las posibilidades intelectuales ni podríamos decir que era un tipo culto, lector, que escuchaba la buena música o que tenía el bagaje de milenios en el mundo del arte que hoy cargamos. En el capítulo cinco menciono a Goya y a Hokusai, pero podría nombrar a los grandes que fueron contemporáneos entre sí, como Miguel Ángel y Leonardo, Kafka y Thomas Mann, Verdi o Wagner, Picasso, Bacon, Lacamera o Diomede, Spilimbergo y Berni, para decir que ese dibujo que tenemos en los dedos y llamamos impresión digital, no es un asunto policíaco, sino todo lo contrario; es el dibujo del alma que nos recuerda de manera permanente que somos distintos, únicos e irrepetibles, por lo tanto, originales. Si uno va al Museo de Xul Solar, se encuentra allí con útiles y objetos personales del Maestro. Algunos muy bellos, hechos por verdaderos artesanos. Pero eso que vemos, nada tiene que ver con la obra del artista. |
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