Sección 01 Cómics
La gráfica que anima.
Imagen de la D.G. Paola Fratícola

por Paola L. Fraticola
Recoìlación de la nota de Mónica Gruber,
TpG Nº 49, 2001.

 

 

 

En la década del 30, durante la crisis resultante del crack de la bolsa de Nueva York, un creativo de dibujos animados buscaba dibujantes en los diarios. Su nombre era Walt Disney y no imaginaba siquiera que éste sería el primer escalón de un largo camino que lo catapultaría a la fama. La retribución económica para los dibujantes no era considerable, pero como carecían de oportunidades, muchos decidieron aceptar el puesto que se les ofrecía.

Perfeccionista, visionario, Walt Disney utilizaba en su estudio una técnica para que sus colegas aprendiesen a dibujar copiando del natural. Personas, objetos y animales, nada faltaba a la hora de perfeccionar el producto.

Los Estudios Disney continuaron con los parámetros trazados por su fundador. Desde Bamby hasta El Jorobado de Notre Dame, pasando por Pocahontas y Aladdin, todos los personajes fueron dibujados utilizando modelos reales. En el caso de Aladdin y El Jorobado, renombrados artistas fueron convocados para inspirar a los creativos: Tom Cruise, en el caso de las aventuras ambientadas en las lejanas tierras de Oriente, y Demi Moore, para los dibujos de la encantadora y seductora Esmeralda.

Los buenos, los malos y los feos.
Con el transcurso del tiempo, se registraron grandes modificaciones de forma y contenido en los dibujos animados.

La llegada de los Simpsons trajo aparejados muchos y sensibles cambios, entre ellos el acercamiento del público adulto al género.

Nuevos recursos se pusieron en escena con estos simpáticos personajes. Uno de ellos fue la fuerte crítica al modelo de familia ideal que los norteamericanos mostraron durante tantos años en sus producciones cinematográficas y televisivas. Es evidente que Homero Simpson no es justamente un padre ideal pero no por ello es menos querible. La crítica se extendía también a los espacios de poder político y social. Ya no se mostraba ni al ciudadano ni al vecino modelo. Se trataba tal vez de la pérdida de una inocencia que había caracterizado durante décadas a los dibujos animados.

¿Qué era, pues, lo que seducía por igual a niños y adultos? Probablemente, la diversidad de temáticas que se presentaban en la serie. La ironía, la cita y la parodia pasaron a ocupar un lugar preponderante en los argumentos. El guiño cinéfilo y televisivo buscó la complicidad con el espectador. A partir de los Símpsons, uno de los cambios más notables se registró en el nivel estético; no se trataba ya del viejo clisé que asociaba a «los buenos» con «lo lindo» ya «Ios feos» con «lo malo», dado que no son ni malos ni buenos. Algo quedaba depnitivamente en claro: la belleza física no era el mayor atributo de esta familia.

Feos y algo más.
La necesidad de decir lo indecible llegó de la mano de Beavís Butt-head. La cadena televisiva MTV proyectó dos personajes para que expresaran aquella crítica que no podía poner en boca de personas de carne y hueso. Legitimaba de este modo la aprobación o desaprobación de los videoclips que ofrecía. Las aventuras de estos dos adolescentes dibujados, cuyo limitado vocabulario incluía sonidos guturales, eructos y gestos revulsivos, planteaban en la pantalla nuevos contenidos, frecuentemente de orden escatológico. Una innovadora estética que podríamos denominar «del feísmo» surgía en la televisión moderna.

Otro producto que subvertía la estética de Disney fue el caso de Duckman, un pato detective, feo, desagradable y carente de valores.

¿Qué sucedía en los 90 para que existieran este tipo de creaciones? Ren & Stimpy, Rugrats, La vaca y el pollito, entre otros, hicieron y hacen disfrutar a niños y adultos por igual. Se podría decir que el formato de estos productos seduce a ambas franjas de público, aunque no hubiesen sido concebidos, en un principio, para espectadores infantiles, en una época en la cual la televisión adhiere a la lógica general de asociar el éxito con la belleza y los productos light, donde la vejez parece ser un estigma que hay que disimular con cremas y cirugías, donde además se manifiesta un profuso culto al hedonismo, a la gimnasia, a cuerpos y caras perfectos. Cabe reflexionar cómo a partir de estos productos culturales puede criticarse el modelo social y televisivo imperante en el que estamos inmersos, inevitablemente.

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