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Wifredo Lam (1902 - 1982).
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por Milko A. García Torres |
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Wifredo Lam nació en la aldea cubana de Sagua la Grande. Era hijo de Lam Yam, un escribano chino afincado en la isla caribeña, y de Ana Serafina Castilla, mulata por cuyas venas corría también sangre india. Además del anciano padre -que cuando nace Lam cuenta ochenta y cuatro años-, un curioso personaje ejercerá una poderosa influencia en la infancia del pintor. Se trata de su madrina, Mantonica Wilson, una curandera y sacerdotisa de la santería. Contradiciendo los deseos de su
Los años españoles
El limitado horizonte cultural de la capital cubana pronto despierta en Lam el deseo de viajar a Europa, y en 1923, con veintiún años, se embarca hacia España gracias a una beca del Ayuntamiento de Sagua la Grande. En Madrid, donde el panorama de la pintura oficial apenas difiere del que deja en Cuba, entra en el taller de Álvarez de Sotomayor, un pintor académico que dirigía, además, el Museo del Prado. Al mismo tiempo, asiste a la Academia Libre del pasaje de la Alhambra, centro de reunión de pintores jóvenes e inquietos, y, sobre todo, visita el Prado, donde sus preferencias se inclinan por la obra de pintores como El Hosco, Brueghel o Goya. La afinidad lingüística y los lazos afectivos hacen que lo que en un principio no debía ser más que una etapa de su viaje hacia París, se convierta en una estancia de catorce años. De esta época es una serie de dibujos de gentes del campo, de factura convencional, en los que el pintor muestra ya su interés por cuestiones sociales. Poco a poco, su pintura va asumiendo un lenguaje moderno que combina una estructura geometrizante con cierta vena surrealista.
La conmoción de Picasso
Su compromiso con el país que le acoge le lleva a defender la causa republicana tras el estallido de la Guerra Civil, llegando a trabajar en una fábrica de armamento, donde se encarga de instalar las espoletas en las granadas antitanque. Sin embargo, una enfermedad intestinal le obliga a dejar esta actividad y ha de ser internado en el sanatorio de la localidad de Caldes de Montbui; allí conoce al escultor Manolo Hugué, quien, ante el deseo manifestado por el pintor cubano de viajar a París, le da una carta de presentación para Picasso. Lam, que había tenido ocasión de asistir a la exposición de Picasso que se celebró en Madrid en 1936, definió esta experiencia como "una conmoción". Su relación personal con el artista malagueño será muy intensa: desde que, en 1938, ambos se conocen en París, recién instalado Lam en la ciudad, la sintonía afectiva se ve reforzada por el mutuo respeto ante sus trabajos. Entre los amigos que Picasso presentó a su "primo cubano" se encontraba Pierre Loeb, un marchante que le brinda la posibilidad de exponer su obra en julio de 1939. De nuevo la guerra irrumpe bruscamente en la vida de Lam. El color de su piel y su condición de luchador antifascista le hacen temer por su integridad y, ante la inminente entrada de las tropas alemanas en París, se dirige hacia el sur, dejando sus obras al cuidado de Picasso. Tras un azaroso viaje llega a Marsella, ciudad en la que se encuentra una nutrida representación de la vanguardia artística francesa esperando para embarcar con destinos diversos. Allí se estrecha su relación con el círculo de los surrealistas, especialmente con André Breton, quien, fascinado por la obra pictórica del cubano, le pide que ilustre su poema Fata Morgana.
De vuelta a Cuba
Tras unos meses en Marsella y ante el hostigamiento de las autoridades de Vichy, Lam se embarca, en compañía de otros trescientos intelectuales y artistas, con destino a La Martinica. Después de un pintoresco viaje -donde las penosas condiciones de vida no impiden que los pasajeros mantengan elevadas discusiones sobre arte y estética- y de permanecer internado durante cuarenta días en un campo de concentración de la isla caribeña, Lam llega a Cuba en 1941; el viaje había durado siete meses. paradójicamente, el reencuentro con su país es muy amargo: al sentimiento de desarraigo que le provocan los diecisiete años de ausencia se une la indignación por las lamentables condiciones en que se desarrolla la vida de sus gentes, especialmente la de sus hermanos de raza. Este sentimiento le lleva a superar la postración inicial ya iniciar una actividad artística basada en las raíces de un pueblo que, en opinión de Lam, debía recuperar su dignidad. De esta forma, los referentes autóctonos se funden con el lenguaje formal aprendido en Europa para producir obras tan importantes como La jungla (1942-1943), donde aparecen ya los personajes del panteón yoruba que poblarán gran parte de su producción posterior.
En la segunda mitad de la década de los cuarenta, Lam alterna su residencia entre Cuba, Nueva York y París, ciudad esta última en la que se instala en 1952. El alejamiento de su país no le impide implicarse en los acontecimientos políticos que allí se suceden: apoya los movimientos de oposición al régimen de Batista y recibe con entusiasmo la caída del dictador y el triunfo de la revolución en 1959. Lam, que en ningún momento deja de pintar, goza ya de un reconocimiento internacional. Desde 1964 pasa largas temporadas en Albisola Mare; en este pueblecito italiano, cercano a Génova, el artista danés Asger Jorn, creador del grupo COBRA, le inicia en la cerámica. Sin embargo, Lam no perdió el contacto con París, donde fallece en 1982, año en el que se muestra una importante retrospectiva de su obra. |
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