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Henri Matisse (1869-1954).
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por Milko A. García Torres |
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La vocación artística de Matisse es tardía. Nacido en 1869 en Le Cateau-Cambrésis, al Nordeste de Francia, en una familia provinciana de clase media, su destino no parecía otro que regentear el negocio paterno de comercio de granos tras haber estudiado derecho un par de años en Paris. El regalo de materno de una caja de pinturas en 1890 para aliviar la convalescencia de una apendicitis torció ese destino, y al año siguiente vuelve a Paris a preparar el ingreso en la Escuela de Bellas Artes, conseguido en 1895 de la mano de Gustave Moreau, cuyo estudio frecuenta desde 1892 y en donde conoce a algunos de sus compañeros en la aventura fauvista. Etapa de formación Antes de encontrar su camino, en 1905, su formación está presidida por tres influencias fundamentales: la de Cézzane y su obsesión por restituir al cuadro la solidez estructural que había perdido con el impresionismo; la de Gauguin, cuyas pinturas de la época Pont Aven son referencia insoslayable para entender la gramática superficial del color del Matisse maduro y la de Van Gogh, primer ejemplo de la pintura moderna en el que el color se libera del tono local del motivo.
La lógica del color
Las pinturas realizadas en el verano de 1905 en Collioure, en compañía de Derain inauguran el período fauve. "Interior en Collioure" o "Ventana abierta" (arriba) todavía presentan restos de la pincelada fragmentada del divisionismo, pero el color es mucho más libre y se ha despojado de toda obligación descriptiva. La arbitrariedad del color fue, en efecto, la bandera de los fauves. Ninguno, sin embargo, como Matisse, ahondó en este concepto con tanto rigor. Mientras Manguin o Vlaminck paneas se limitan a "calentar" el cuadro eligiendo los tonos más vivos y restallantes de su paleta, Matisse persiguió desde el principio construir con el color un orden propio del cuadro, distinto del orden de la naturaleza. En las lecciones de pintura que dio entre 1907 y 1909 recomendaba a sus alumnos que "no se deben establecer relaciones de color entre el modelo y el cuadro; únicamente consideraran la equivalencia que exista entre las relaciones de color de sus cuadros y las relaciones de color del modelo". El cuadro resulta así una síntesis de las sensaciones coloreadas provistas por el motivo, que puede rastrearse ya en obras de 1905 como "La raya verde" (abajo), donde toda la superficie del cuadro es activada por la tensión resultante de la relación entre los distintos acordes de colores complementarios.
Paneles decorativos Matisse avanza rápidamente por esta vía a partir de "La bonheur de vivre" de 1906 (abajo);
su culminación llega con los papeles titulados "La música y la danza" de 1910 (abajo), en los que la integración de forma y color en un solo sistema se consigue con una sobrecogedora economía de medios, más impresionante aún por la magnitud del formato.
La primera guerra mundial lleva a Matisse de nuevo a Collioure y Niza. Su contacto, en 1914 con Juan Gris puede ser el origen de ciertos escarceos cubistas como "Los marroquíes" (abajo)
o "La lección de piano" (1916), aunque casi toda su producción de esa época sigue fiel a la exploración de la lógica superficial del color. Son los años de la reelaboración visual y temática de sus viajes a Argelia y Marruecos de 1906, 1912 y 1913, traducidos después en las odaliscas de los años veinte o en su creciente interés por los modelos seriados de cerámicas, telas estampadas y papeles pintados. Matisse no representaba estos modelos decorativos, sino que los utilizaba dentro del sistema de composición general del cuadro.
editado por Tériade, en las que empezó a trabajar en 1943. Este procedimiento le permitía literalmente "dibujar con las tijeras con objeto de asociar la línea al color, el contorno a la superficie", culminando así esa idea del cuadro como síntesis que gobierna la obra de Matisse desde cuarenta años antes.
Últimos años Antes de morir, en 1954, la Capilla del Rosario, en Vence (abajo),
remata con su obra un programa decorativo integral en el que ensayar la unidad última de los elementos de la pintura -color, luz, dibujo, representación- que siempre le había fascinado en los frescos del Giotto en Asís. Tanto los papeles recortados como los trabajos para la capilla los realizó un Matisse ya anciano y enfermo, obligado a trabajar a menudo desde la cama. La intensidad de estas obras últimas no desmerece, sin embargo, de las de juventud, animadas ya por las mismas inquietudes que perfilan una de las trayectorias artísticas más homogéneas y coherentes del siglo XX. |
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