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Francis Bacon (1909-1992).
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por D.G. Paola Fraticola |
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A pesar de que nació en Dublin y buena parte de su infancia transcurre en Irlanda, Francis Bacon debe ser considerado un pintor inglés, puesto que ese era el origen de su familia. Su padre entrenaba caballos de carreras en Dublin hasta que, con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, ingresa en el War Office y se traslada con la familia a Londres. Hasta 1925 los Bacon viven entre Inglaterra e Irlanda, y los continuos traslados, junto con una afección asmática congénita, impiden que el joven Francis tenga una escolarización regular, con lo que su educación se realiza por medio de clases particulares.
El "Grito primordial" En ese año se independiza de la familia y se establece en Londres. Tras una breve estancia en Berlín, pasa dos años en Francia, cerca de Chantilly. Allí visita con frecuencia el Museo Condé, donde se conserva La matanza de los Inocentes (1630-1631), de Poussin. La figura de la madre gritando cuando le arrebatan a su hijo le impresionó vivamente, hasta el punto de convertirse en una imagen recurrente en sus primeras pinturas junto con otro grito famoso, el de la enfermera herida con los quevedos rotos en las escaleras de Odessa que aparece en "El acorazado Potemkin", la legendaria película de Sergei Eisenstein de 1925.
Hacia el realismo Instalado en Londres definitivamente en 1928, se gana una cierta reputación como interiorista en un estilo entre la Bauhaus y el Art Déco. La pintura, en la que se inicia de forma autodidacta, va ganando terreno hasta convertirse en su única actividad. Poco se sabe de la obra anterior a los años cuarenta, puesto que el propio Bacon la destruyó en su mayor parte; pero en 1936 envía algunas obras a la Exposición Surrealista que son rechazadas, en una suerte de premonición de que su destino no está en el mundo de los sueños, sino en el de la experiencia de lo real.
Hacia 1945 se consagra con Tres estudios de figuras junto a una Crucifixión, que explora ya el formato del tríptico. Se le asocia por entonces con otros pintores figurativos ingleses coetáneos, como Graham Sutherland y Matthew Smith, así como con el escultor Henry Moore. Con todos ellos coincide en algunas exposiciones colectivas, aunque su insobornable individualidad se afirma pronto en cuadros que ya ofrecen sus temas habituales; así ocurre con Magdalena y las demás evocaciones del grito primordial descubierto en la pintura de Poussin y la escena de Eisenstein, como Cabeza VI, Estudio para un retrato o las distintas versiones del retrato del papa Inocencio X, de Velázquez, que se conserva en Roma, y son lo más destacable de su obra a principios de los cincuenta.
Retratos con nombre Bacon comienza a utilizar fotografías de raxos X en su obra, que ya se centra en retratos y representaciones de la figura humana. También cobran notable importancia los estudios fotográficos de figuras y animales en movimiento realizados por Eadweard Muybridge a finales del siglo XIX, que serán punto de partida de múltiples cuadros.
El tríptico como mecanismo escénico y espacial toma carta de naturaleza a partir de Tres estudios para una Crucifixión (1962), donde retoma uno de los temas favoritos de su carrera. Por otra parte, la inmediatez vital de su pintura se hace más patente si cabe porque sus retratos en esta época comienzan a tener nombre. Bacon pinta a las personas de su círculo más íntimo, retazos de su propia vida; rostros y nombres que resultan familiares a todos los aficionados a su pintura, como Isabel Rawsthorne, Henrietta de Moraes, Lucian Freud o Georg Dyer, el modelo más frecuente en estos años cuyo suicidio en 1971 dejaría honda huella en el pintor. El profundo impacto de sus cuadros y las connotaciones escabrosas de muchos de ellos extienden su fama durante esta época mucho más allá de los círculos éstrictamente artísticos. Las numerosas exposiciones retrospectivas que se le dedican en todo el mundo así lo certifican, pero singularmente las dos de la Tate Gallery de Londres -en 1962 y 1985- y la del Guggenheim de Nueva York en 1963-1964.
Un camino solitario
Bacon es una de las voces más potentes y singulares del arte de la segunda mitad de siglo. Sólo eso explica su consagración en una escena artística -la de los años cuarenta y cincuenta- dominada por la abstracción. Es cierto que la pintura británica posterior a 1945 mantiene una importante veta figurativa -Graham Sutherland, Lucian Freud, R.B. Kitaj, David Hockney-, pero la implacable individualidad de la obra de Bacon se resiste a toda clasificación escolar. Al igual que otros grandes pintores figurativos de su tiempo -comoel francés Balthus, el español Antonio López o su amigo Lucian Freud-, el suyo es un camino solitario, cegado para posibles seguidores, aunque no por ello ajeno al espíritu de su época. Bacon se mantuvo activo hasta el año de su muerte, que le sorprendió en Madrid cuando se disponía a inaugurar una exposición de su obra última. |
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